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Los Hijos del Diablo

IX. La Tentación

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IX. La Tentación

 

Al tratar de la tentación, se hace necesario analizar su origen, sus antecedentes y su naturaleza, a fin de comprender el riesgo que implica y su utilidad para el hombre.

 

El origen remoto de la tentación se deduce al identificar el acto por el que el demonio arrastró con su cola a la tercera parte de las estrellas del cielo, como se narra en el capítulo 12 del Apocalipsis.

 

Esto es, que el diablo no sufrió la tentación, porque no había tentador, sino que engendró la iniquidad en sí mismo y al ser traspasado por la luz de la verdad que portaba la señal representada en la mujer vestida de sol, se reveló su condición actual y se cayó la careta de lo que ya no era, por eso aparece como dragón rojo. Así, por su nueva condición, se convierte a sí mismo en “el tentador”.

 

Es llamado así (Mt. 4, 3), porque se adjudicó esta actividad, que proviene compulsivamente como consecuencia de su naturaleza de mentiroso, ya que mediante esa acción seduce con la exposición de su mundo torcido, como si fuera algo deseable para su víctima.

 

Así lo hizo desde el principio, cuando habiendo engendrado la iniquidad y la mentira, se dedicó a tentar a los ángeles en el cielo, para que se sumaran a su rebelión contra Dios (Apoc. 12, 4) y luego tentó a la mujer (Gn. 3, 1-5), para posteriormente tentar a Cristo (Mt. 4, 3-11) y al resto de los hombres (Apoc. 12, 17).

 

Por su origen, el demonio es el padre de la tentación, incluso de la que proviene del mundo y de la carne. Sin embargo, por el instrumento de la tentación, se distingue al agente: demonio, mundo y carne. En consecuencia, en orden del discernimiento de espíritus es conveniente diferenciar al agente.

 

Balducci explica:

 

“la tentación consiste en un estímulo en una solicitación de la voluntad al mal. La tentación se basa en la misma naturaleza humana, libre pero muy frágil; precisamente por esto el hombre se encuentra en una continua y difícil elección entre el bien y el mal, como si hubiera, así afirma Paulo VI, “una doble ley contrastante, una que quisiera el bien, la otra en cambio dirigida al mal, tormento que san Pablo pone en humillante evidencia para demostrar la necesidad y la fortuna de una gracia salvadora, es decir, de la salvación traída por Cristo (Cfr.r.. Rm. 7)...”  “...cuando proviene de nosotros (tentación interna) se puede llamarla más bien inclinación, arrebato, estímulo; si proviene de otros, incluso del demonio, se puede indicar más oportunamente como invitación, solicitación, incitación “. (Corrado Balducci. Op. Cit. Pp. 163, 166).

 

Para tentarnos,

 

“el Diablo estudia nuestras inclinaciones y las admite; se vale de aquellas mismas cosas  que son necesarias para la vida; procede gradualmente –Hugo de Saint Víctor define la tentación: “Un  astuto experimento, con blandos ensayos, seguidos de un violento ataque”—con engaños y traición; disfraza el pecado de felicidad, de necesidad y hasta de virtud” (Vicente Risco. Op. Cit. P. 141).

 

Para el hombre de hoy, la tentación existe antes del primer pecado y es su causa activa remota, por lo que ante la naturaleza caída, el drama de la tentación asedia a aquella debilidad que fue consecuencia de aquella primera caída, aunque nadie es tentado por encima de sus fuerzas (I Cor. 10, 13).

 

Sin embargo, el primer pecado del hombre fue libre y pleno. Lo realizó con un acto libre, con conocimiento de lo que hacía, esto es, desobedecer un mandato específico, preciso,  claro y determinante de Dios, y con el conocimiento de su consecuencia: la muerte.

 

Hay que diferenciar la naturaleza de la tentación, con la naturaleza del mandato de Dios. Aún sin tentación y sin demonio, Dios dio un mandato al hombre, cuya desobediencia, significaría el pecado y la muerte.

 

De ello resulta que el mandato de amor para el hombre, existe independientemente de la tentación y es para todos los hombres, pero ya que existe la tentación, pues esta viene como invitación a la desobediencia y al pecado, pero si no hubiera mandato de Dios, la tentación y el tentador carecerían de sentido respecto del hombre, ya que en ese caso, estaríamos hablando de que el hombre ya es perfecto.

 

Por tal motivo en tanto  que estamos en este mundo, todo hombre ha de ser tentado, pues no puede alcanzar la perfección sin haber vencido con Cristo la tentación y al tentador.

 

Cristo fue tentado por el diablo, ya que es el único que por sí mismo podía vencerlo y venció por y para toda la humanidad al demonio y destruyó todas y cada una de sus obras (1 Jn. 3, 8). No así el hombre sin Dios, como ocurrió con Adán, quien no fue tentado por el diablo, sino por su mujer y se abstuvo de pedir ayuda a Dios, por lo que irremediablemente se precipito en el pecado.

 

Eva, que por haber caído en la tentación se convirtió en agente tentador del diablo, respecto de Adán, cayó en el pecado y fue la ocasión de la caída de su marido, cosa que probablemente no hubiera ocurrido, si en ese momento hubiera llamado su esposo para acusar a la serpiente de lo que pretendía, y seguramente no hubiera ocurrido si hubiera clamado a Dios pidiendo su ayuda.

 

Independiente de que nuestros primeros padres no hubieran pecado, todos los hombres tienen que ser probados en el amor a Dios, ya que todos están llamados a poseerlo en la visión beatífica. Esta prueba aplica independientemente de que hubiera tentación o no. Por esta razón, es que al final del reino de los mil años, el hombre habrá de ser probado nuevamente, para lo cual será desencadenado el diablo (Apoc. 20, 7-10). Existiendo el tentador, resulta entonces que la prueba de amor casi siempre está relacionada con una tentación.

 

Así como Adán y Eva hubieran vencido fácilmente la tentación si hubieran llamado a Dios para que les ayudara, luego de la redención, el hombre con su naturaleza caída, puede vencer fácilmente con Cristo y María, quien tiene el tesoro de las gracias de su Hijo.

 

Aquí cabe reflexionar por qué el demonio tentó a Eva y no a Adán y sin entrar en polémica con las exposiciones de los Padres, que señalan como causa el que Eva era la parte débil y con respecto a ella, Adán era débil, parece de mayor peso teológico confrontar este hecho con lo que narra San Juan en el capítulo 12 del Apocalipsis.

 

Recién expulsado del cielo y visto la señal de la mujer que contenía a Dios hecho Hombre, traspasado y revelada su iniquidad por la luz de la verdad que provino de ella, vestida de sol y lista para dar a luz, por cuya causa fue expulsado, tentó primero a Eva como un acto en contra de aquella mujer y contra Dios. No sabía si esa mujer era la misma que vio en el cielo y que cumpliría aquel decreto que no quiso obedecer y por el que se apartó de la verdad y se hizo mentiroso.

 

Como padre de la mentira, la verdad lo repudia y él repudia a la verdad, por lo que el conocimiento que tenga de la verdad, en la que no quiso mantenerse con todo su ser, es defectuoso, muy accidentado y lleno de espinas, que se le escapa siempre porque no la soporta.

 

Por esta razón no puede comprender por qué Dios redime al hombre una vez que ha pecado; por qué Eva no era la mujer que vio en la señal del cielo, por qué esa mujer vestida de sol vino hasta la mitad del tiempo –la plenitud de los tiempos—y por qué si la humanidad pecó desde el principio, María, que es aquella mujer vestida de sol, quedó libre del pecado original que él indujo.

 

Para el demonio y los suyos, la teología de María como fuente en la que se guardan los decretos divinos --principalmente de la redención--  inalcanzable por el pecado, por ser ella el original de la creación y de la redención, misterio guardado por su virginidad, de la cual Dios la constituyó, es sencillamente incomprensible y lleno de confusión. Le produce un castigo y dolor inenarrables.

 

Establecido lo anterior, es necesario señalar la condición del hombre, tras la caída en el pecado original, aún luego de la redención. San Pablo expone de manera dramática la condición del hombre ante la tentación:

 

“Sabemos en efecto que la ley es espiritual, más yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con la ley en que es buena; en realidad, ya  no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mi, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, más no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mi. Descubro pues, esta ley: en queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra le en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor (Rm. 7, 14-25).

 

Así pues, las tentaciones externas, del demonio y del mundo, tienen por comparsas a las que se proceden de la carne; el temperamento, la educación, la formación personal, los juicios personales, las conveniencias de satisfacción, espacio,  tiempo y circunstancia, recuerdos y traumas, etc.

 

Por ello el apóstol Santiago precisa:

 

“Cada uno es tentado por su propia concupiscencia que lo arrastra y lo seduce” (Sant.1,14). ¿De donde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones que luchan en vuestros miembros? (Sant. 4, 1).

 

El mismo Señor nos alerta, al señalarnos que es del corazón de donde vienen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, falsos testimonios, blasfemias, codicias, maldades, mentiras, intemperancias, envidia, soberbia, insensatez  (Mt. 15, 19; Mc. 7, 21-23).

 

Para el cristiano, provenga la tentación del demonio, el mundo o la carne, representa, sin embargo,  la oportunidad de santificación por el ejercicio de las virtudes teologales y cardinales que implica su vencimiento unidos con la vid que es Cristo, ya que sin Él nada podemos (Jn. 15, 1-7).

 

La tentación demoniaca se diferencia, como ya quedó establecido,  del trabajo ordinario del diablo con aquellos que no solamente cayeron en la tentación ya hace mucho, sino que se encuentran enmarañados con el maligno por sus obras cotidianas y procura atarlos cada vez más de tal manera que sus amarres formen parte integrante de sus vidas, sus personas, sus íntimos modos de ser,  actuar y relacionarse con los demás (Mt. 23, 14-15). Este es el trabajo de engendrar hijos por el pecado como forma de ser ordinaria, entretejida con la íntima forma de su individualidad, de tal manera que son uno: el sujeto y su manera de ser pecaminosa.

 

“...es procurar que el pecador permanezca en el estado de pecado y que no se arrepienta, pues “dos pasos da el diablo: primero engaña y después de engañar intenta retener en el pecado cometido” (...) “Esto lo sabe explotar muy bien, dado que humanamente no es fácil reconocer un error y pedir perdón. Y aprovechándose de ello nos sugerirá razones o motivos para no hacerlo: que es difícil; que, después de todo, no es tan grande el mal hecho; que fulano o zutano hacen lo mismo y más; que más adelante habrá tiempo... Es relativamente fácil que el demonio consiga estos dos objetivos: que el hombre peque y no recupere luego la gracia divina. Si muchas veces ya el mismo pecado o falta es de suyo grave, resulta mayor el daño cuando se permanece en tal estado, porque más fácilmente se desliza el hombre en los mismos pecados, u otros peores, y más costosa se hace la rectificación” (Francisco Martínez G. Op. Cit. P.39)

 

La acometida del demonio para con personas que se han sumergido en este estado, se vuelve tentación y hasta ataque de obsesión virulento y terrible, cuando el individuo repentinamente ha recibido auxilios divinos que le han permitido volver al estado de gracia, por lo que de no refugiarse en una intensa vida de oración y penitencia, tal cual una firme y determinada voluntad de permanecer en Dios atado a la Santísima Virgen María como ancla de salvación, el demonio que ha vuelto con otros siete espíritus peores que él, terminará con este tal en un estado peor que el del principio (Mt. 12, 43-45).

 

López Padilla aclara:

 

“las tentaciones se identifican  inmediatamente no solo por sus antecedentes sino también por su finalidad, que son precisamente las del demonio, pues siendo enemigo de Dios, actúa contra Dios, pero siempre lo hace a través de sugestiones o ideas contrarias a la verdad. Así tenemos  una gama muy amplia de tentaciones causadas directamente por el Demonio”. (Op. Cit. P. 190).

 

Las tentaciones directamente originadas por el demonio son en contra de las virtudes teologales: fe esperanza y caridad, y las virtudes cardinales, así como en contra de los dones del Espíritu Santo.

 

Asimismo, desde el punto de vista del sujeto que al que el demonio tienta, realiza  especial trabajo y atención para preparar la caída en pecado de los niños, quienes aún con la especial protección de Dios, que jamás los abandona, son objeto de su asechanza, mediante ambientes pecaminosos y exposiciones a pecados de otros. Por tal motivo Cristo fue especialmente severo al sentenciar a quienes induzcan al pecado a los niños o les ocasionen algún mal (Mt. 17, 5-6).

 

El demonio establece mecanismos para que los niños no se acerquen a los sacramentos a la edad propicia, y se vale de prelados para que la comunión no les sea administrada si no han asistido a una permanente instrucción de varios años.

 

Ciegos guías de ciegos, no se dan cuenta de que con ello cierran la puerta a los menores a conocer lo fundamental que les permita recibir el sacramento y vivir en gracia de los 7 a los 13 o 14 años, edad a la que cometen los primeros pecados.

 

Ciegos guías de ciegos, no se dan cuenta que con ello privan a las personas de lo que tal vez sea su única oportunidad en la vida de comulgar durante varios años seguidos, en su inocencia, asegurándose de que no tengan reserva de gracia para el momento del peligro de la tentación, para levantarse del pecado o para emprender decisivamente una vida santa.

 

Qué buen trabajo del diablo hacen estos prelados, por el que caen en el anatema establecido por Cristo en Mt. 17, 5-6 e impiden que los niños se acerquen a Cristo, violando un mandato expreso a los apóstoles (Mt. 19, 13-15).

 

La asechanza del demonio en contra de los niños se centra en varios puntos fundamentales, como el abuso sexual, que produce sodomitas que a la larga engendrarán a otros de su condición. Este tipo de abuso es más frecuente de lo que se piensa, incluso con el conocimiento de familiares, vecinos, conocidos de la familia en que eso ocurra.

 

Otras asechanzas van dirigidas a volver a los niños mentirosos, soberbios, codiciosos, vengativos, iracundos y ladrones.

 

Una clase especial de asechanza es la que tiene por objetivo que los niños aprendan a que el fin justifica los medios y otra muy perniciosa, es la de hacerse creer a sí mismo que las buenas intenciones del ser humano, son siempre la voluntad de Dios. 

 

Hay que reiterar en este apartado, que aunque las intenciones del ser humano sean de lo más loables, hablando humanamente, desde el punto de vista de la salvación pueden ser contrarias a la voluntad de Dios (Mt. 16, 22) y ser conducto de la asechanza del demonio, por boca de quien parezca muy santo,  sabio o moralmente autorizado.

 

Nadie está exento de ello. La solución es la desconfianza de sí mismo y la confianza plena en Dios; esto es, la vigilancia extrema de la conducta, los sentimientos y los pensamientos propios, que se enderecen a la voluntad de Dios, la imitación e Cristo por la imitación de María.

 

El demonio conoce muy bien las etapas de desarrollo y formación de la personalidad del individuo, y por eso es que pone todo su empeño en que los  adultos que se hagan cargo de ello, cometan toda clase de irresponsabilidades, errores y actos que de buena o mala fe distorsionen y produzcan un ambiente que destruya cualquier posibilidad de formación adecuada de la persona.

 

Así, el demonio sabe muy bien que la educación de un niño empieza 20 años  o más antes de su nacimiento y que  si ha trabajado lo suficiente en las mujeres, que a la postre serán madres, sus hijos estarán sometidos durante toda su infancia, a la condición humana de ella. Si la mujer es víctima de histeria y traumas, de malformaciones en moral y costumbres, eso mismo transmitirá a sus hijos.

 

De esta manera, aunque el padre tenga una formación moral sólida, si la madre no se le sujeta por traer una deformación respecto de la autoridad, será ella quien realmente gobierne a los hijos y les administre sus errores en materia de moral y de costumbres, así como respecto a la autoridad.

 

Así, aunque existe un programa cristiano de educación para los hijos, más o menos conocido, y un padre tenga toda la intención de aplicarlo a sus hijos, una madre que desde su niñez estuvo expuesta a la deformación en materia de moral y de costumbres, así como de la manera de relacionarse con Dios y con el prójimo, impondrá su autoridad por sobre la de su esposo. Esto lo sabe muy bien el diablo y así lo impulsa.

 

Esto ocurrirá también en el caso del padre, en quien desde su niñez se le habrán inducido particulares percepciones del mundo, por las que pretenderá “formar “ a su prole para que esta no tenga que pasar por cosas que él mismo ha pasado y por establecer un programa de vida que le permita tener algo mejor, desde su punto de vista.

 

Por ello, existe diversidad de programas de educación de los niños, todos ellos orientados al pecado: a la avaricia, cuando se impone a la vida como objeto de alcanzar riqueza, y eso se realizará a través del trabajo, la mentira, el vicio, el pacto denomiaco, etc. Así, existen tendencias hacia la ambición, la idolatría, la buena vida, el gozo de los placeres del mundo, la comodidad, la hipocresía, la adulación, el ser tenidos en alta estima por el mundo, el triunfo en el mundo, etc., etc. Indudablemente todo lo anterior forma parte del mundo diabólico y siempre es posible obtenerlo mediante el pecado.

 

Entrando en detalle, el demonio sabe muy bien que habiendo trabajado en los padres desde su infancia, la siguiente generación podrá llevar inoculadas sus semillas, ya que este trabajo del demonio se encargarán de realizarlo nada menos que los propios padres de familia.

 

En la mayoría de los casos, que ocurren en la masa de padres de familia, todos quieren inducir valores morales y cristianos a sus hijos y el demonio no se opone a ello, por lo cual, esa intención noble, fincada en la ley natural y en la ley sobrenatural, habrá de dirigirla cuidadosamente hacia la deformación del carácter de las personas.

 

De esta manera y ya que la ley natural (o moral) es dictada por la recta razón, esto es, la referida a las virtudes de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, el demonio ha procurado que el ejercicio de la razón se distorsione por percepciones de la ideología predominante y por la conveniencia que proviene de las experiencias vividas por traumas de los padres.

 

En este renglón el demonio procurará obtener los resultados siguientes:

 

a)    La omisión de uno o varios de las partes de la ley natural. Esto puede ocurrir por distracción, negligencia, olvido o pereza.

b)    La abdicación voluntaria de alguna de estas. Esto se hace por exclusión con propósito deliberado. Esto ocurre con los padres que permiten a sus hijos que sean glotones, perezosos, violentos, desobligados, etc., aduciendo que no pasa nada.

 

En el caso de la ley sobrenatural como programa de educación para los hijos, se fundamenta en los dos mandamientos en que se establece la ley y los profetas, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

 

De esta manera, las dos leyes se aplican al cristiano: como hombres está prescrito por el Creador el actuar  en conformidad con la rectitud de la razón y como hijos de Dios de amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

 

Establecido lo que el demonio induce respecto de la ley natural a los padres, en el caso de la ley sobrenatural, cuya obligación impone el enseñar a los hijos a la práctica del amor a Dios y de todas las virtudes, establece que los padres solamente se conformen con enseñar a sus hijos a hacer sus oraciones, pero no acudir a los sacramentos ni instruirse en religión.

 

Muchos dicen que no hay que educar a los niños con temores ni miedos, y por eso no les enseñan las verdades de la fe, las cuales tampoco ellos conocen, pero el demonio les ha proporcionado el argumento necesario para responder por tal ignorancia. Aducen que cuando los niños sean mayores ellos decidirán su religión.

 

Con ello, se acalla la conciencia respecto del deber para con Dios y con el prójimo, en este caso, los propios hijos. En sustitución de la recta conciencia y cumplimiento de los deberes que le corresponden, los padres enseñan la religión y la moral a su modo y complacencia.

 

En muchos casos, de padres escrupulosos, enseñan lo que es correcto, pero no a practicar las obras, haciendo estéril la semilla. Con tal enseñanza, también acallan a su conciencia.

 

El demonio pone especial atención en trabajar las etapas de desarrollo de los niños, aunque los padres lo ignoren. Sabe muy bien que del nacimiento a los tres años es una etapa de adiestramiento, que ocurre sobre los sentidos exteriores, ya que el niño no tiene uso de razón.

 

“La preparación es, pues, una maniobra ejercida sobre la vista, el oído y sobre los otros sentidos exteriores; y por esos canales, sobre los cuatro internos: el sentido central, la imaginación, la memoria sensible y el instinto, a los cuales hay que agregar el apetito sensitivo, es decir, el aspecto sensible o sentimiento” (Espiritualidad de los Seglares. Royo Marin. Op. Cit. P. 618).

 

En esta etapa la mejor manera de destruir al individuo es el desorden. Ya que en el recién nacido  sus sentidos externos se agitan y los internos siguen estos movimientos, sus reclamos están relacionados con factores de supervivencia, tales como la alimentación, la eliminación, el sueño, el cansancio, la atención, la salud, la limpieza, etc.

 

Cuando en estos aspectos los padres han obrado con desorden, al término de esta etapa, el demonio habrá recogido el fruto que deseaba: a los tres años se tendrá a un niño caprichoso e incontrolable, desobediente y tiránico. Fue privado por su propia madre –sobre todo—de lo que se llama el “hábito formal” y el “hábito material”  de la virtud, ya que no hubo el adiestramiento precursor de la educación en la edad en que debió ocurrir, y en su lugar se le dejó crecer como un animal, en el desorden.

 

A los tres años, careciendo del orden y de la semilla de la obediencia, no existe fundamento para educar, en su interior no hay la pasividad del orden. Carece de los factores necesarios para iniciar su educación: paciencia, docilidad, templanza y fortaleza. El demonio tiene el campo listo para continuar su obra. En adelante y hasta los siete años, cuando es el uso de razón, solamente tiene que sembrar en el menor la desobediencia, la pereza, el orgullo, la vanidad y a sensualidad. En los padres recogerá frutos de siembras que ha hecho en el pasado: corregir con extrema violencia, no corregir faltas, corregirlas a medias, hacer como que corrige, hacerse las víctimas porque sus hijos no les obedecen, etc.

 

De los siete años en adelante, tales conductas se habrán de acentuar, y los niños podrán cometer numerosos pecados, cuando no, serán víctimas de la drogadicción y otros vicios. Si a ello se suma que en sus parroquias tenían que ir al catecismo durante uno dos o tres años, antes de hacer su primera comunión, --por lo cual no la hicieron o en el mejor de los casos la hicieron apresuradamente para no volver más a la iglesia-- se tendrá un escenario de acción diabólica completo, listo para cometer otro tipo de pecados más graves y ponerse en manos de ateos, brujos y demás hijos del diablo.

 

Hay que mencionar un fenómeno común respecto de la manera de educar a los menores que emplean los padres. Se trata del desacuerdo que se manifiesta en acciones y mandatos sobre el menor, que son desautorizados por uno de los padres en el momento en que se ejecutan y frente al menor.

 

Con este hecho, propio de la irresponsabilidad, falta de carácter o taras en su concepción de la educación, etc., de uno o ambos –e incluso de la tentación y obsesión diabólicas—el demonio recoge solícito el capricho del menor, el cual aprende a “tomarle la medida” a sus padres, para salirse con la suya. Tal fruto es la muerte de la virtud de la obediencia y la fortaleza desde la tierna infancia. Es como un aborto espiritual.

 

Tal hecho ocurre también con los abuelos, que desautorizan a los hijos de la forma de educar frente a los menores y de toda persona que se abroga la paternidad o maternidad de hijos que no son suyos, y cuando el padre o la madre mandan, ellos salen a reprender la forma y el objeto, con lo cual el concepto de autoridad queda prostituído a manos de abuelos, tíos, uno de los progenitores, y cualquiera que la quiera hacer de padre o madre postizos.

 

El resultado es niños incontrolables y caprichosos, impuestos a su contentillo y hacer berrinche de todo lo que no les gusta, cuya conducta termina muchas veces en accidentes lamentables en el menor de los casos, y en hijos del diablo, en el peor, ya que aprenden desde la temprana edad a sacar ventaja de la mentira y el chantaje.

 

La asechanza del demonio en este punto, tal como en los anteriores, consiste en que se genere un hábito en tales aprehensiones y acciones, hasta que se incorporen en la manera de ser del individuo desde su tierna infancia, con una serie de concepciones particulares de verdad, bondad y justicia, distorsionadas.

 

Respecto del tipo de tentación para preparar el primer pecado, bien se la pasa el demonio escudriñando el temperamento y las inclinaciones de la persona desde su nacimiento, y lo tentará en lo que es débil. Así lo hará cuando crezcan, precisamente los tentará en lo que ya sabe que siempre caen y tratará de relacionar con esa debilidad a una inmensa cantidad de causales y de sentimientos, de manera que a modo de “entrenamiento”, la persona en automático, al cometer un pecado, cometa otros muchos.

 

En general el diablo busca despertar y alimentar cualquier clase de vicios, especialmente los siete pecados capitales, los cuales tienen su raíz en el desorden que el pecado produjo en los instintos primarios del hombre, cuya naturaleza comparte con el reino animal: supervivencia y permanencia de la especie.

 

Una aportación valiosísima para el cristiano respecto de este punto, la ofrecieron los padres del desierto; monjes ermitaños,  anacoretas y cenobitas, a quienes el Espíritu Santo enseñó en el yermo la “diácrisis” o discernimiento de espíritus y con esta, nos alertan acerca de las armas del demonio denominadas “logismoi”, que según el caso corresponden a pensamientos, impulsos, pasiones o vicios.

 

La acometida del diablo mediante los “logismoi” es con la utilización de las malas inclinaciones del hombre y, a veces, como ya ha quedado asentado, mediante las buenas.

 

Con el riguroso análisis de los padres del desierto, los “logismoi” fueron delimitados como sigue: gastrimargia (gula, glotonería), porneia (lujuria), filargyria (avaricia, amor al dinero y a las cosas), lype (tristeza), orgé (cólera, ira), acedia (desabrimiento, pereza), cenodoxia (vanagloria), hyperefanía (soberbia).

 

Se trata de tentaciones que según el caso pueden ser objeto de acometida mediante la obsesión, ya que los demonios las relacionan entre sí, según el temperamento de la persona, su historia, sus traumas y afectos manifiesto u ocultos.

 

En todos los casos, como se dijo al principio de este apartado, la voluntad del hombre tiene la última palabra, para su mayor santificación o para caer en el pecado.

 

En consecuencia, quienes no caen en la tentación, resisten firmes en la fe al demonio, el mundo y la carne. Para estos, la tentación reviste la forma de la prueba de amor y fidelidad a Dios, para reiterarle que somos de Cristo y que con Él, todo es posible. Sirve para ejercitar la virtud y adquirir mayor Gracia Santificante.

 

En contraparte, quienes caen en la tentación cometen el pecado y quienes permanecen en ese estado, por libre voluntad se hacen uno con ese pecado, que viene a formar parte de su persona, y por ese pecado viene el demonio a ellos, y se convierten en sus anfitriones primero, en sus comparsas enseguida para terminar siendo sus hijos, posesos de manera incruenta por aquel al que adoptaron como padre para terminar siendo por elección sus verdaderos hijos.

 

Empezando por caer en la tentación, que puede venir del demonio, el mundo y/o la carne, --lo cual siempre ocurrirá por libre exposición a la misma, o por no haber acudido al auxilio divino para no caer--, así como por la permanencia voluntaria en el pecado, la persona se convierte en hijo del diablo, porque así lo quiere y lo manifiesta con acciones concretas que su voluntad admite y da curso. Ello ocurre    con la particularidad de filiación por cometer cualquiera de los pecados contra los 10 mandamientos o por alguno o varios de los pecados capitales y “logismoi”.

 

Explicado lo anterior, conviene recapitular en que las tentaciones se pueden analizar desde varios ángulos: desde el punto de vista del que permite la tentación; del agente tentador; del objetivo que persigue el tentador; de la tentación misma;  del bien que se ofrece para tentar y del sujeto que es tentado, y del marco de la tentación.

 

Dios permite la tentación, con el objeto de probar la fidelidad del hombre y premiarle con los dones de su gracia para acrecentar su santidad. Considerando esta razón, el hombre será sometido a tantas tentaciones iguales o inferiores a sus fuerzas cuantas oportunidades de acrecentar la Gracia Santificante, la virtud, la vida divina, la intimidad con Dios existan en la sabiduría de Dios para que alcance el grado de santidad que le ha sido destinada.  Desde este punto de vista todos los justos y quienes están en camino de serlo, serán sometidos a innumerables tentaciones.

 

Primero, hay que considerar que Dios da a todos los hombres, la oportunidad de salvarse.

 

Nuestro Señor Jesucristo enmarca la oportunidad que da a los seres humanos con su palabra y anota cual es la acción del mundo y la disposición del sujeto que recibe el regalo, respecto del demonio, el mundo y la carne, los agentes tentadores. En los tres casos que menciona, el individuo es responsable de no dar fruto y haber sucumbido ante la tentación.

 

De esta manera acusa a la ignorancia culpable del sujeto, la cual en la mayoría de los casos, responde a la tentación de dejar para después la instrucción y con ello cae en el pecado contra el primer mandamiento de la Ley de Dios; el “que oye la doctrina del Reino y no la entiende” quien semejante a un camino por el que todos van y vienen, “viene el malo y le arrebata lo sembrado en su corazón”.

 

Así también acusa al convenenciero y oportunista “que no tiene raíz en sí mismo”, quien al mínimo señalamiento o prueba por causa de la firmeza de la palabra “enseguida se escandaliza”, tal como primero se hubiera alegrado con esa palabra. Con ello también comete el pecado en contra del primer mandamiento.

 

Caso similar el que se ha entregado exclusivamente a los asuntos de este mundo; de su vida, de sus negocios y de sus intereses de desarrollo personal, profesional, económico, de su calidad de vida, su comodidad, su prestigio, etc, por lo que en su escala de valoración, la palabra ocupa un lugar secundario en su tiempo, en su mente y en su corazón, por lo que “queda sin fruto” (Mt. 13, 1-7; 18-22).

 

Respecto del hombre justo, el caso de Job se ilustra la acción permisiva, donde la tentación permanente es la invitación a que reniegue de Dios debido a los sufrimientos que le origina el demonio, los cuales, en la fenomenología de la acción del demonio representan además de la tentación, la obsesión, la vejación y la infestación diabólicas, de todo lo cual sale victorioso por su humildad y apoyado en el poder de Dios. (Job. 1-2; 42, 10-16).

 

Los agentes tentadores son el demonio,  el mundo y la carne, donde el demonio  es causa remota de la acción del mundo y de la carne, ya que en el primer caso, el es el príncipe de este mundo, de un mundo de pecado cuyos integrantes son sus hijos. En el caso de la carne, esta yace caída por el pecado original, sometida a la ley del pecado y la muerte, por lo que debe ser sometida a la ley de la gracia por la voluntad y la gracia misma, para llegar a la resurrección de vida.

 

El demonio, como agente tentador tiene un plan de acción que ha perfeccionado desde el día en que tentó, como serpiente, a Eva y la hizo caer en la desobediencia, y lo sigue perfeccionando cada día. Por tal motivo la acción ordinaria más extensa y en la que empeña mayor esfuerzo y tiempo, es en la tentación, ya que en todo tiempo del hombre desde el principio hasta el final de la vida de cada uno, lo incitará a cometer pecado.

 

Es así que posee, por enunciarlo de alguna manera, una metodología y un código de procedimientos que ha venido perfeccionando con cada individuo, aplicable para todo caso desde el sujeto, el grupo, los medios ambientes con que se relaciona, y de las relaciones del mundo con este, así como de los objetivos que puede lograr con la carne.

 

Al hacer una aproximación a esta metodología diabólica, es posible identificar sus partes en general, en acciones determinadas orientadas a que el sujeto:

 

a)    caiga en la tentación;

b)    no se levante del pecado cometido:

c)    permanezca por cada vez más tiempo en el estado de pecado;

d)    que cometa más pecados de la misma naturaleza,  sus relacionados y derivados;

e)    que cometa pecados progresivamente más graves;

f)     que establezca sentimientos y pensamientos agradables con el pecado principal y los pecados relacionados;

g)    que encuentre placer, enorme satisfacción y hasta alegría y gozo en el pecado, en su planeación, en cada acto que lo propicia y en su consumación;

h)   que tenga una verdadera obsesión diabólica por el pecado en la que encuentre gusto y repita de manera constante y automática todas estas acciones, a manera de un hábito y entrenamiento que formen parte de su vida y su persona;

i)     que establezca sentimientos de pesar ante el llamado de la conciencia; sentimientos de extrañeza, desconocimiento, inconformidad, rechazo, oposición, enojo, coraje, ira, desprecio, etc, respecto de la reprensión para que corrija el camino y de quienes la emitan.

 

La obsesión diabólica como obsequio al que se ha abrazado al pecado, por parte del diablo, y la acción metodológica para que el individuo le encuentre gusto cada vez mayor al pecado y el disgusto a su opuesto y  frente a quienes lo expongan, es el principio para la aplicación de la metodología diabólica cuyo objeto es que el individuo sea malvado y perverso.

 

Que no se resista a cometer pecado cada vez más graves, en complejos de acciones cada vez más sofisticados, de los cuales se percate el individuo desde su comienzo hasta su fin operativo, y que obtenga satisfacción y gusto en ello; que lo saboree.

 

En este estadio, se sigue la metodología encaminada a volver a los sujetos hijos del diablo, por convicción o por operación, que forman parte activa de lo que se llama el mundo.

 

Cabe señalar que desde el punto de vista de la metodología diabólica, existen apartados especiales cuyo objetivo es que aquellos que se dicen cristianos no avancen ni en el bien ni en la virtud, y que sustituyan las acciones de virtud por apariencias recompensadas por satisfacciones internas tipo obsesión diabólica o por otros que hagan lo mismo.

 

Aquí tenemos que el demonio cuenta con una metodología para explotar ampliamente la necesidad de masas de sujetos que se sienten carentes de afecto y que están dispuestos a hacer lo que sea necesario por unas migajas, principalmente tratándose de jerarquías, por risibles y sin importancia que parezcan. Conductas de lo más aberrante y grotesco que pueda ocurrir por esta causa.

 

En el caso de los que pretenden ser justos, la metodología se orienta a que olviden el verdadero trabajo por la santidad, a olvidar el celo de la verdad y de la justicia, para sustituirlo por el fingimiento y la doble moral.

 

En este sentido, por la naturaleza de su acción, esta se divide en el trabajo que destina para inducir al pecado a los niños y a los justos, y el trabajo que destina para que los que ya han pecado, permanezcan siempre en el estado de pecado, hasta convertirlos en sus hijos.

 

Con esto forma lo que se llama el mundo, que es su dominio, mediante el cual establece al segundo agente tentador, ya que sus hijos serán siempre conducidos por él para que tienten a los niños y a los justos y para que hagan más grande por volumen y acción, a este mundo.

 

Con relación a los objetivos del tentador, el principal es que el hombre cometa pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, en contra de uno o varios de los 10 mandamientos de la ley de Dios.

 

En este sentido los objetivos de dividen respecto del sujeto al que dirige la tentación como se ha establecido: busca que los niños y los justos pequen. Al referirse a los niños hay que tener en cuenta que la Iglesia establece que a la edad de siete años es cuando el individuo está en uso de conciencia del bien y del mal.

 

Otra clase de sujetos, aquellos que ya han pecado, a quienes buscará mantenerlos en el estado de pecado, que no se arrepientan ni que se acerquen al sacramento de la penitencia.

 

Para aquellos  que se mantienen en el pecado, buscará que cometan pecados cada vez peores hasta generar en ellos situaciones insolubles.

 

En esta vertiente, en su estrategia se encuentra una para cada caso.

 

Una es para aquellos que han llevado una vida de esfuerzo por mantenerse en la gracia, para quienes presenta una gama de justificaciones con el fin de que retrasen su conversión cuando han caído en el pecado. Constantemente lee en sus rostros, cuando la conciencia –por moción del Espíritu Santo- llame su atención, y se apresura a sugerir la razón apropiada para mantenerse en al situación de pecado o para retrasar la conversión. Para lograr estos dos objetivos, según el caso, tiene otra amplia gama de acciones que se mezclan con las del mundo y/o  la carne. El caso es lograr dichos objetivos.

 

Llegará el caso, incluso donde logrará el diablo auténticos estados de enfermedades de tipo mental, histeria,  paranoides, esquizoides o bipolares.

 

Tratará que el individuo desarrolle doble personalidad, o que crea que hay otro dentro. Uno justo y el otro el que obra el pecado. Una generalidad de casos es aquel en el cual el individuo sabe que está mal, que lo que hace es pecado, incluso cuando lo comete no quiere cometerlo, pero lo comete y se mantiene por sus acciones en el estado del pecado, y el diablo estará allí para sugerirle siempre lo mismo que le ha resultado para mantener este estado.

 

Aunque el sujeto vaya a la iglesia, haga obras de caridad, enseñe el buen camino, etc, el objetivo es que permanezca en el pecado y que así lo confirme con cada pecado que cometa. Incluso permitirá que el individuo espere y crea que Dios lo saque de esa situación, pero cada vez que quiera realizar el esfuerzo necesario para salir de la situación, se valdrá del estado de ánimo o del mundo para reforzar las amarras del mal.

 

En el caso de los que no tienen esta particularidad, sino que el pecado forma parte de sus vidas, el diablo buscará que cometan pecados cada vez mayores y sean militantes en activo del mundo diabólico.

 

Desde el análisis del diablo como agente tentador activo, en una aproximación a su estrategia, es posible señalar que ha desarrollado una para cada individuo, según su temperamento, inclinaciones particulares, enfermedades, percepciones, entornos, disposiciones corporales, temporalidades de ocurrencias fisiológicas y psicológicas, experiencias del bien y del mal, reacciones inmediatas y retardadas, condicionamientos sociales, familiares e individuales, humores, traumas, aspiraciones personales, proyectos, negocios, trabajo, relaciones, etc. Asimismo cuenta con un detallado análisis de probabilidades de acción con base en causas y factores de incidencias.

 

Esto aplica también para la delimitación de las clases de sujetos a los que se dirige su acción. Por ello tiene una clasificación por la disposición que los individuos tienen para sus tentaciones, las del mundo y las de la carne, así como la disposición de los sujetos a las mociones del Espíritu Santo, la cuales es capaz de leer en sus rostros, por sus expresiones, sus miradas, etc.

 

Como hemos dicho, clasifica a los sujetos en aquellos que se esfuerzan por cumplir la voluntad de Dios, los que creen pero son tibios; los que creen y buscan cumplir su voluntad pero que cada vez que son tentados caen y luego se arrepienten; los que creen que la cumplen pero viven entregados a sí mismos o al mundo, los que creen que cumplen la voluntad de Dios, pero viven entregados al demonio por sus acciones y sentimientos; los que no creen en Dios ni en el diablo y buscan obrar el bien; por su pertenencia a tal o cual denominación o religión; los que obran el mal y no creen en Dios ni en el diablo; los que obran el mal y se entregan al diablo, etc.

 

A partir de ello, cada tiempo y época y por cada situación que se va presentando, desarrolla estrategias grupales, con un minucioso análisis de probabilidades ante factores de ocurrencia. Con ello estructura su señorío en el mundo, conduciéndolo a su antojo, para determinar comportamientos sociales y culturales; políticos,  económicos con amplia incidencia en el mundo de lo religioso.

 

Con lo anotado hasta aquí, cabe reiterar que  objetivo que persigue el tentador, es siempre de manera general, que el hombre cometa pecado, como individuo y como conjunto de individuos, y que le preste adoración. Al analizar las partes del objetivo, este tiene varios momentos, que son los objetivos particulares. El primero de ellos es, determinar el tipo de tentación que va a emplear, para lo cual cuenta, como ha quedado señalado, de un amplio análisis de todos los elementos necesarios para determinar aquella que puede ser más efectiva, tanto del sujeto o sujetos y su ambiente, como de la metodología que le es necesaria.

 

En otra aproximación a la clasificación de las tentaciones, como herramientas para lograr el pecado, casi toda cosa, persona y situación con sus relaciones, son factibles de traducirse en acción del demonio, el mundo y la carne como tentaciones.

 

Estas pueden producirse con cosas y situaciones neutras, pero que combinadas con otras que igualmente sean neutras, o que sean buenas o malas,  son incitaciones al pecado. Lo mismo con cosas buenas,  combinadas con neutras o malas, y viceversa.

 

También hay tentaciones con cosas que parecen buenas pero que son malas y tentaciones con cosas malas que no lo parecen al principio pero cuyos frutos son de iniquidad. Hay tentaciones con cosas malas, pero que relacionadas con neutras o con cosas buenas parecen cosas buenas, pero que producen el pecado.

 

En cada caso el padre de la mentira pondrá de relieve aquello que más convenza al sujeto, que más le guste y que más sea acorde con las concepciones particulares de verdad, bondad y justicia que el sujeto se haya formado.

 

Es necesario reiterar que desde el punto de vista de su reinado en el mundo, el diablo requiere que el sujeto cometa pecado, enseguida se vuelva pecador empedernido, luego obseso del pecado, luego poseso por un demonio relacionado con dicho pecado, hasta lograr que sea su hijo.

 

Desde el punto de vista del bien que se ofrece para tentar, este siempre pretende satisfacer necesidades reales o imaginarias, y dentro de estas, que sean legítimas o ilegítimas, esto es, que pertenezcan al orden natural o sobrenatural; del orden de la supervivencia y de la permanencia de la especie o de la felicidad futura que el hombre espera. En este sentido, que pertenezcan a los requerimientos de la carne y su promesa de bienestar, placer, satisfacción. En cuanto al mundo a satisfacer apetencias de inclusión, pertenencia en determinados sectores y estructuras, reconocimiento,  posicionamiento y loa.

 

En el orden natural, el instinto de supervivencia enmarca a todas las necesidades fisiológicas que posibilitan  la vida del individuo cuya satisfacción determina actos precisos, los cuales en su mayoría son susceptibles de tentación para cometer uno o varios pecados. En este orden entran las relaciones de personas y de grupos para su satisfacción: capital y trabajo; producción, intercambio comercial, mercados, economía, etc.

 

Por cuanto al instinto de permanencia de la especie, enmarca a todas las necesidades fisiológicas correspondientes, todas las cuales   son susceptibles de tentación para cometer uno o varios pecados. En este orden entran las relaciones de personas y de grupos para su satisfacción: relaciones entre los sexos, familia, educación, política y gobierno; relaciones entre naciones. También se incluyen las concepciones religiosas de eternidad y de felicidad y las relaciones entre individuos que se establecen en las estructuras congregacionales y eclesiales.

 

Desde el punto de vista del sujeto que es tentado, el hombre sufre la acción del demonio, el mundo y la carne desde su nacimiento y ello ocurrirá hasta el último día de su vida en este mundo (Mt. 13, 24-30), y no puede ayudarse a sí mismo (Jn. 15, 1-7),  incluso si lo intenta sin Dios, se hace maldito ante Él:

 

“maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo y de Dios se aparta su corazón...” “... el corazón es lo más retorcido, no tiene arreglo ¿Quién lo conoce? Yo, Dios exploro el corazón, pruebo los riñones para dar a cada cual según  su camino, según el fruto de sus obras...”  (Jr. 17, 5, 9-10).

 

Ello se debe a la naturaleza caída, por la que el hombre tiende al extravío, al olvido, al momento, al interés inmediato, que bien advierte San Pablo como una ley que busca prevalecer contra la ley de la gracia y la vida divina en el hombre que Cristo nos ha regalado (Rm. 7, 14-25).

 

Por esta razón, la condición del hombre ante la posibilidad del acto moral  se forma por la de la tendencia de su naturaleza caída hacia el pecado, contra la que debe hacer violencia y abrazarse a la cruz de Cristo (Mt. 10, 34-39; 11, 12), juntamente con la conciencia, cuyo aguijón no deja de alertar ante lo que es malo y el llamado constante de Dios, desde el mismo interior de la persona, para obrar el bien. Este llamado es doble: para salir del pecado en el que la persona se encuentre y para acrecentar el estado de Gracia para aumentar la vida divina, la santidad (Jn. 1, 9-13).

 

“El impulso divino que, si no lo quebramos nosotros, nos hace pasar del pecado a la justificación...” “...La Gracia – y ahora nos referimos a la Gracia Actual—es un impulso divino que provoca en nosotros actos de libre adhesión a Dios: libres síes, libres consentimientos. Dios viene a visitarme  para atraerme a Él. Yo puedo interrumpir, arruinar esa moción divina; o por el contrario, dejar a Dios actuar  en mi y apoderarse de mi libre arbitrio para hacerle decir “si” , sin violentarle. La Gracia actual viene a buscarme en el pecado para llevarme a la justificación; después, cuando ya estoy justificado, no cesa de volver, de insistir para llevarme a un nivel superior de la Gracia santificante. Dios llama constantemente a la puerta de mi corazón  para invitarme a rebasar el estado en que me encuentro, porque la vida toda debe ser un viaje al encuentro del Amor. No puedo yo pronunciar  un nuevo sí al amor, ni sobre todo un sí más intenso que el precedente, sin que una moción divina venga secretamente a mi corazón ofreciéndose a elevarlo. Puedo decir no, pero si permito actuar a Dios, me elevará El de grado en grado a un amor mayor” (Charles Journet. Op. Cit. Pp. 37-38).

 

Aunque el hombre está condicionado por su naturaleza caída, como bien lo advierte San Pablo, Dios no lo abandona a su suerte ni a que se las arregle solo, sino que le ofrece un acompañamiento muy íntimo, que por su naturaleza, por ser de Él mismo al alma, sobradamente supera a la fiebre que tiende al mal, en beneficio de quien se acoge, respecto de la naturaleza caída, para hacer al hombre fuerte cuando es débil (2, Cor. 12, 10).

 

Ello significa que cuando viene la tentación, toda persona se encuentra debidamente apertrechada, de manera que puede echar mano de todo el auxilio divino necesario para salir adelante, pero también puede rechazarlo.

 

La tentación del demonio ofrece bienes pecaminosos en orden a la operación de sus pasiones:

 

“Las pasiones no son otra cosa que el movimiento del apetito sensitivo nacido de la aprehensión del bien o del mal sensible, con cierta conmoción refleja, más o menos intensa, en el organismo. De suyo las pasiones no son buenas ni malas: depende de la orientación que se les dé...”  “... puestas al servicio del mal, se convierten en fuerza destructora, de eficacia verdaderamente espantosa.” (Antonio Royo Marín. Op. Cit. P. 666).

 

Las pasiones se reducen a once fundamentales. En el apetito concupiscible, que tiene por objeto el bien deleitable y de fácil consecución, radican seis movimientos pasionales: ante el bien se produce el amor, ante el mal se produce el odio, si el bien es fácil de alcanzar se produce el deseo, ante el mal futuro se produce la aversión o fuga, ante el bien poseído se produce el gozo, ante el mal presente y ya sufrido se produce tristeza o dolor. Asimismo, hay otras cinco pasiones, las cuales proceden del apetito irascible, el cual tiene por objeto el bien arduo y difícil de conseguir: la esperanza se produce si el bien arduo es posible de obtener; si es imposible, da origen a la desesperación; si el mal arduo que se teme es superable, se produce la audacia; si el mal arduo que amenaza es insuperable, se produce el temor; el mal arduo ya presente excita la ira.

 

Como medio de la tentación, la excitación de las pasiones tiene una importancia fundamental para el demonio, debido a su influencia determinante en la vida física, intelectual y moral del hombre.

 

Con relación a la vida intelectual y moral, el Padre Antonio Royo Marin explica, citando a Balmes que:

 

“Es incalculable el influjo de nuestras pasiones sobre nuestra ideas. (...) La mayor parte de las traiciones y apostasías   tienen su última y más profunda raíz en el desorden de las propias pasiones. Lo advierte con sagacidad P. Bourget: “Es necesario vivir como se piensa; de lo contrario, tarde o temprano, se acaba por pensar como se ha vivido. (...) En la vida moral.- Las pasiones aumentan o disminuyen la bondad o la malicia, el mérito o demérito de nuestros actos. Lo disminuyen cuando obramos el bien o el mal más por el impulso de la pasión que de la libre elección de la voluntad; lo aumentan cuando la voluntad confirma el movimiento antecedente y lo utiliza para obrar con mayor intensidad.”  (Op. Cit. P. 668)

 

A partir de aquí, se sigue la exposición acerca del Discernimiento de Espíritus, el  acto moral y la conciencia.

 

En este apartado, conviene tratar un tema que hemos abordado en “El Cetro de Hierro”, concerniente a los actos de la persona. Primeramente es necesario abordar la herramienta básica que nos permite tomar conciencia, se trata del Discernimiento de Espíritus

 

El hombre no sabe todo lo hay en él y en cuanto a sus pensamientos, voluntarios o no, no siempre juzga rectamente. Aunque los tiene ante los ojos de su mente, la vista interior está demasiado nublada para poder discernirlos con precisión, según el obispo Balduino de Cantorbery.

 

“Sucede, en efecto, muchas veces, que nuestro propio criterio u otra persona o el tentador nos hacen ver como bueno lo que Dios no juzga como tal. Hay algunas cosas que tienen una falsa apariencia de virtud, o también de vicio, que engañan a los ojos del corazón  y vienen a ser como una impostura que embota la agudeza de la mente, hasta hacerle ver lo malo como bueno  y viceversa; ello forma parte de nuestra miseria e ignorancia, muy lamentable y muy temible. Está escrito: Cree uno que su camino es recto, y va a parar a la muerte (Prov. 14, 12; 16, 25). Para evitar este peligro nos advierte san Juan: Examinad los espíritus si provienen de Dios. Pero ¿Quién será capaz de examinar si los espíritus vienen de Dios, si Dios no le da el discernimiento de espíritus, con el que pueda examinar con agudeza y rectitud sus pensamientos, afectos e intenciones? Este discernimiento es la madre de todas las virtudes, y a todos es necesario, ya sea para la dirección espiritual  de los demás, ya sea para corregir y ordenar su propia vida. La decisión en el obrar es recta cuando se rige por el beneplácito divino, la intención es buena cuando tiende a Dios sin doblez. De este modo, todo el cuerpo de nuestra vida y de cada una de nuestras acciones será luminoso, si nuestro ojo está sano. Y el ojo sano es ojo y está sano cuando ve con claridad lo que hay que hacer y cuando, con recta intención, hace sencillez lo que no hay que hacer con doblez. La recta decisión es incompatible con el error; la buena intención excluye la ficción. En esto consiste el verdadero discernimiento: en la unión de la recta decisión y de la buena intención. Todo, por consiguiente, debemos hacerlo guiados por la luz del discernimiento, pensando que obramos en Dios y ante su presencia.” (Tratado 6. PL 2004, 466-467. Liturgia de Las Horas. T. III. Pp. 326-327. Buena Prensa. México. 1985).

 

Conforme con el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica, la moralidad de los actos humanos depende:  del objeto elegido; del fin que se busca o la intención;  de las circunstancias de la acción  (1750).

 

“El objeto, la intención y las circunstancias forman las ‘fuentes’ o elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos.

 

“1751 El objeto elegido es un bien hacia el cual tiende deliberadamente la voluntad. Es la materia de un acto humano. El objeto elegido especifica moralmente el acto del querer, según que la razón lo reconozca y lo juzgue conforme o no conforme al bien verdadero. Las reglas objetivas de la moralidad enuncian el orden racional del bien y del mal, atestiguado por la conciencia.

 

“1752 Frente al objeto, la intención se sitúa del lado del sujeto que actúa. La intención, por estar ligada a la fuente voluntaria de la acción y por determinarla en razón del fin, es un elemento esencial en la calificación moral de la acción. El fin es el término primero de la intención y designa el objetivo buscado en la acción. La intención es un movimiento de la voluntad hacia un fin; mira al término del obrar. Apunta al bien esperado de la acción emprendida. No se limita a la dirección de cada una de nuestras acciones tomadas aisladamente, sino que puede también ordenar varias acciones hacia un mismo objetivo; puede orientar toda la vida hacia el fin último. Por ejemplo, un servicio que se hace a alguien tiene por fin ayudar al prójimo, pero puede estar inspirado al mismo tiempo por el amor de Dios como fin último de todas nuestras acciones. Una misma acción puede, pues, estar inspirada por varias intenciones como hacer un servicio para obtener un favor o para satisfacer la vanidad.

 

“1753 Una intención buena (por ejemplo: ayudar al prójimo) no hace ni bueno ni justo un comportamiento en sí mismo desordenado (como la mentira y la maledicencia). El fin no justifica los medios. Así, no se puede justificar la condena de un inocente como un medio legítimo para salvar al pueblo. Por el contrario, una intención mala sobreañadida (como la vanagloria) convierte en malo un acto que, de suyo, puede ser bueno (como la limosna).

 

“1754 Las circunstancias, comprendidas en ellas las consecuencias, son los elementos secundarios de un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden de suyo modificar la calidad moral de los actos; no pueden hacer ni buena ni justa una acción que de suyo es mala.

 

“1755 El acto moralmente bueno supone a la vez la bondad del objeto, del fin y de las circunstancias. Una finalidad mala corrompe la acción, aunque su objeto sea de suyo bueno (como orar y ayunar ‘para ser visto por los hombres’). El objeto de la elección puede por sí solo viciar el conjunto de todo el acto. Hay comportamientos concretos -como la fornicación- que siempre es un error elegirlos, porque su elección comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral.

 

“1756 Es, por tanto, erróneo juzgar de la moralidad de los actos humanos considerando sólo la intención que los inspira o las circunstancias [ambiente, presión social, coacción o necesidad de obrar, etc.] que son su marco. Hay actos que, por sí y en sí mismos, independientemente de las circunstancias y de las intenciones, son siempre gravemente ilícitos por razón de su objeto; por ejemplo, la blasfemia y el perjurio, el homicidio y el adulterio. No está permitido hacer el mal para obtener un bien”.

 

Por su parte, con relación a la conciencia, a los juicios que formula el hombre antes de decidir, anota el Catecismo Oficial que:

 

“1790 La persona humana debe obedecer siempre el juicio cierto de su conciencia. Si obrase deliberadamente contra este último, se condenaría a sí mismo. Pero sucede que la conciencia moral puede estar afectada por la ignorancia y puede formar juicios erróneos sobre actos proyectados o ya cometidos.

 

“1791 Esta ignorancia puede con frecuencia ser imputada a la responsabilidad personal. Así sucede ‘cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien y, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega’ (GS 16). En estos casos, la persona es culpable del mal que comete.

 

“1792 El desconocimiento de Cristo y de su Evangelio, los malos ejemplos recibidos de otros, la servidumbre de las pasiones, la pretensión de una mal entendida autonomía de la conciencia, el rechazo de la autoridad de la Iglesia y de su enseñanza, la falta de conversión y de caridad pueden conducir a desviaciones del juicio en la conducta moral.

 

“1793 Si por el contrario, la ignorancia es invencible, o el juicio erróneo sin responsabilidad del sujeto moral, el mal cometido por la persona no puede serle imputado. Pero no deja de ser un mal, una privación, un desorden. Por tanto, es preciso trabajar por corregir la conciencia moral de sus errores.

 

“1794 La conciencia buena y pura es iluminada por la fe verdadera. Porque la caridad procede al mismo tiempo ‘de un corazón limpio, de una conciencia recta y de una fe sincera’ (1 Tm. 1,5; 3, 9; 2 Tm. 1, 3; 1 P 3, 21; Hch. 24, 16). Cuanto mayor es el predominio de la conciencia recta, tanto más las personas y los grupos se apartan del arbitrio ciego y se esfuerzan por adaptarse a las normas objetivas de moralidad (GS 16).

 

Aclara también que:

 

“1786 Ante la necesidad de decidir moralmente, la conciencia puede formular un juicio recto de acuerdo con la razón y con la ley divina, o al contrario un juicio erróneo que se aleja de ellas.

 

“1787 El hombre se ve a veces enfrentado con situaciones que hacen el juicio moral menos seguro, y la decisión difícil. Pero debe buscar siempre lo que es justo y bueno y discernir la voluntad de Dios expresada en la ley divina.

 

“1788 Para esto, el hombre se esfuerza por interpretar los datos de la experiencia y los signos de los tiempos gracias a la virtud de la prudencia, los consejos de las personas entendidas y la ayuda del Espíritu Santo y de sus dones.

 

“1789 En todos los casos son aplicables algunas reglas:

— Nunca está permitido hacer el mal para obtener un bien.

— La ‘regla de oro’: ‘Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros’ (Mt. 7,12; Cfr.  Lc. 6, 31; Tb. 4, 15).

— La caridad debe actuar siempre con respeto hacia el prójimo y hacia su conciencia: ‘Pecando así contra vuestros hermanos, hiriendo su conciencia..., pecáis contra Cristo’ (1 Co. 8,12). ‘Lo bueno es... no hacer cosa que sea para tu hermano ocasión de caída, tropiezo o debilidad’ (Rm. 14, 21)”.

 

Aclarado lo que corresponde al acto moral y a la conciencia, según la guía de la Iglesia, establecida en su catecismo, se ha puesto fundamento para analizar la naturaleza de la buena acción y de la mala acción.

 

En el caso de la buena acción, se trata de un misterio. El resumen del cardenal Charles Journet, nos parece apropiado:

 

“...la acción humana está subordinada a la acción divina. No es solamente Dios y el hombre, la gracia y la libertad, sino Dios por el hombre, la gracia por la libertad, lo que hace la buena acción” “...Dios no solamente me tiende la mano, sino que me da, también el que coja la mano que Él me tiende. Hay muchas cosas que Dios hace sin mí; hay otras cosas que hace sólo por mí. “Dios --dice San Agustín--, que te ha creado sin tino te justificará sin ti”....  “...subordinación del hombre a Dios, toda la riqueza del hombre viene de Dios como causa primera, siendo la acción libre por entero del hombre como causa segunda, por entero de Dios como causa primera” (Op. Cit. P. 44).

 

Este esquema aplica para el acto del hombre frente a la tentación, cuando sale victorioso. Cuando sufre la tentación, su estado general  es el que ya describimos al principio del apartado, esto es, que tiene la tendencia de la carne al mal, pero tiene el auxilio divino de la gracia actual, y la conciencia que Dios le dio.

 

Cuando el hombre triunfa de la tentación, provenga del demonio, la carne  o el mundo, lo hace en virtud de la subordinación a la acción divina que ya se ha descrito, y en el sometimiento total y dócil a ello radica la virtud del acto y la condición sin la cual no es acto bueno ni retribuye aumento de gracia santificante.

 

Por el contrario, la responsabilidad del acto malo, es totalmente imputable al hombre, sea que ocurra por libre y plena voluntad, por caer en la tentación, por debilidad, por libre exposición a la misma o por omisión.

 

Con relación a la moción de Dios, todo el desvío moral de la mala acción, todo lo que ha hecho desviar la moción que Dios daba para el bien, es decir todo pecado, viene solamente del hombre, que usa del ser que Dios le ha dado, para hacer el mal.

 

“En la buena acción, Dios tiene la primera iniciativa, es Causa primera, envolvente, del acto, y el hombre es causa segunda. En el acto del pecado, el hombre es causa primera del desvío, es decir, del no ser, del desorden, de la destrucción”. “... el hombre es causa primera de la anulación de la acción divina.” “...es un misterio tenebroso”. (Charles Journet. Op. Cit.P. 51).

 

El hombre puede decir no a Dios.

 

“No es que Dios no me haya ayudado suficientemente. Estaba allí, como os he dicho, llamando a la puerta de mi corazón. Yo he rechazado su moción, y de tal manera, que si sigo rechazándola y viniera la muerte sería el infierno, la separación de Dios... No reprocharé, no podré jamás reprocharle el no haberme ayudado lo suficiente; soy yo el que ha querido rechazar esa moción divina; es mi culpa”.  (Charles Journet. Op. Cit. P. 52).

 

 

En vida, Dios continuará buscando al hombre, incesantemente, hasta el último instante.

 

“...Dios vendrá de nuevo  buscando sacarme de esa ruina en la que he caído. Podrá suscitarme remordimientos, me perseguirá hasta el fin con sus misericordias. Si persisto en decir no hasta lo último, la culpa es mía; es que quiero que mi voluntad predomine sobre ese llamado de Dios”. (Charles Journet. Op. Cit. P. 53).

 

Con relación a la moción de Dios, la tentación se puede manifestar por cualquiera de sus agentes, el demonio el mundo y la carne. Incitarán en vertientes, con sus variables: a decirle "no" abiertamente,  cada vez, y luego siempre. A  decir "sí, pero un poco más tarde", y hacerlo siempre; a decir "sí pero después"; a decir "sí, pero más tarde porque ahora estoy ocupado", y a hacerlo así siempre; "si pero solo esta parte nada más, porque lo demás me origina problemas". Toda estas son variables del "no".

 

Estas variables las explica Cristo en la parábola del sembrador. Es el camino, las piedras y los espinos en los que cae la moción de Dios, pero por la ignorancia del que no entiende porque no quiere entender, ni se preocupa por hacerlo; el que toma la moción superficialmente y no está dispuesto a aceptar todas las consecuencias de la conversión ni quiere entrar en conflicto con su modo de vida y en fin, el que está ocupado en el mundo (Mt. 13, 1-9; 18-23).

 

Este tipo de tentación es siempre en contra del primer mandamiento de la Ley de Dios y los que se refieren a su honor.

 

Con relación a la tentación para a cometer los pecados en contra de los demás mandamientos, Dios no abandona al hombre, ya que lo apertrecha con la moción para hacer el acto correcto, la conciencia que llama para que sepamos que eso es malo y no debemos hacerlo. Por ello al cometer el pecado, el individuo ha rechazado a Dios y ha rechazado a su conciencia, aunque no esté bien conciente de las consecuencias de ello.

 

Existe el acto malo repetitivo y constante, por el que el hombre se hace pecador consuetudinario, de manera que dicho hábito se puede convertir en parte de su personalidad, y por ello, se hace morada del diablo, un diablo determinado de tal o cual pecado o pecados enraizados en esa persona. Pero no por ello la moción de Dios lo abandona, de donde cada negativa a salir del pecado se convierte en mayor causa de condenación y transforma al sujeto en hijo del diablo por ese pecado en particular. Puede dejar de serlo por la penitencia.

 

Asimismo, por su naturaleza, todos los actos malos conducen a que el sujeto caiga en aquellos pecados por los que se convierte en verdadero hijo del diablo, por el odio y la soberbia en contra de Dios y de lo sagrado. Es posible salir de tal estado con ayuno y oración (Mt. 17, 21).

 

Cuando el acto malo es contra el Espíritu Santo, no tiene perdón en esta vida y en la otra, por lo que tal acto refiere y es cabeza de toda una vida y entrega a la maldad, que convierte al sujeto en verdadero hijo del Diablo, al que se ha entregado por sus acciones y su hipocresía y aunque se ostente como servidor de Dios, es opuesto a Cristo y a Dios, como los escribas y fariseos a los que llamó raza de víboras y asesinos de profetas y, por supuesto, hijos del diablo  (Mt. 23, 13-36; Jn. 8, 44).

 

Existen otras condicionantes con relación a la tentación, que son inherentes al hombre, tales como su edad, temperamento, entorno familiar, social, experiencias personales, concepciones particulares de todo, traumas, enfermedades, condicionamientos particulares.

 

También hay otra clase de condicionamientos que se fijan por los actos recurrentes del sujeto, por ejemplo:  justo, tibio e hijo del diablo.

 

A este respecto, hemos señalado que el demonio cuenta con una especie de expediente por persona, así como metodologías de acción, para cada caso, con análisis de ocurrencia y probabilidades, recabados a lo largo de siglos de experiencia de ver como reaccionan los hombres, y prácticamente puede predecir la mayoría de las reacciones para el bien o el mal y lo que va a hacer en cada caso.

 

Desde el punto de vista del marco de la tentación, se trata del entorno en el que ocurre el acto por el que se opera la misma. Incluye  la fenomenología interna del sujeto y una gran diversidad de variables; situaciones particulares o generales, en las que participan personas, con sus relaciones y complejos, así como entornos de cosas que pueden o no favorecer a la caída.

 

Por cuanto se refiere al marco de la fenomenología interna del sujeto, respecto a la probabilidad de caer en la tentación, es necesario señalar a sus hábitos y a la propensión a caer en una misma tentación, la cual se integra por la cantidad de veces que así haya ocurrido, el tiempo en que la persona ha permanecido en el pecado, y las cadenas o relaciones de pecados que durante ese tiempo se han cometido y que por su naturaleza han servido para mantener al sujeto atado en tal condicionamiento.

 

Los hábitos o conductas repetitivas de la persona que se relacionan con el pecado, representan una atadura que el sujeto mismo se ha echado vez a vez, que debilita la fuerza de voluntad para querer salir de dicho estado, o deja al querer separado del hacer y  es causa de la propensión a caer en una o varias clases de pecados, toda vez que el sujeto ha integrado a su forma de vida y a su experiencia, el gusto por tales situaciones, en general o en particular por alguna de las partes que las componen.

 

El demonio, conocedor de ello, procurará renovar la experiencia induciendo nuevas sensaciones que cautiven al preso del pecado, en una misma situación, con ciertas variables que permitan que convierta al sujeto en su poseso y en su hijo, sin riesgo de que deje de serlo.

 

Por cuanto a la fenomenología del exterior, siendo el dominio del mundo, suele asociarse con la carne y el demonio para propiciar cadenas con situaciones de relaciones con personas y con cosas, por las que se mantenga el estado del pecado. Pero no solo eso, sino engendrar  nuevas situaciones del mismo pecado, de otros que se le relacionen por su naturaleza y de nuevas especies de pecados para el sujeto.

 

Tales complejos siempre tienen por fundamento a un o varios de los siete pecados capitales, o a alguno o varios de los llamados logismoi, de manera personal y grupal, de forma que se vayan retroalimentando y creciendo, hasta lograr que los sujetos participantes sean operadores activos del mundo demoniaco, como agente tentador que se engendra a sí mismo.

 

Como hemos expuesto, el ámbito de la tentación es muy extenso, ya que se encuentra en línea de tensión respecto de la naturaleza del hombre definido como acto en potencia.

 

En sí misma la tentación es una invitación a la voluntad para consumar el pecado. Esto incluye a las tentaciones que provienen de la carne, las relacionadas con su naturaleza caída, puesto que nada de lo que entra en el hombre lo hace impuro, sino lo que sale de él, que es su acto, cuando es malo. (Mc. 7, 14-15).

 

El sujeto puede llegar a ser hijo del diablo por haber caído una vez en la tentación y permanecer en uno o varios pecados, y esto no necesariamente quiere decir que el individuo presente cuadros de obsesión  ni de posesión diabólica activa, aunque frecuentemente por motivo de su pertenencia a lo que se llama el mundo, manifieste la fenomenología de la obsesión, ya que sirve como herramienta para atraer a otros para que se hagan ciudadanos del orbe demoniaco.

 

Hemos observado que este cuadro se repite sobre todo en la familia, cuando el padre o la madre pertenecen al mundo del diablo e inducen a lo mismo a sus hijos, desde pequeños, a la mentira, al fingimiento, al robo, a la deshonestidad, al falso testimonio, a sacar ventaja de todo. Lo hacen con una insistencia que solamente puede explicarse por una obsesión abrazada y voluntariamente alimentada por cometer reiterativamente los mismos pecados. Son masas las que obran así y muchos al mismo tiempo van a la iglesia, hacen oraciones diarias y creen que están en paz con Dios.

 

En este caso, el agente tentador es el mismo que debería procurar la salvación y pertenece al mundo, pero Dios, que ama a los niños, les proveerá de medios de auxilio, ya que como buen pastor que da la vida por sus ovejas, jamás las abandona.

 

En resumen:

 

No podemos dejar de sufrir tentaciones, ni sería bueno dejar de combatir, basta saber:

 

a) Que no pueden vencerse con las propias fuerzas, necesitamos la ayuda de la gracia, que Dios nunca deja de darnos, pero que podemos querer prescindir de ella por indolecia e ignorancia.

 

b) Con la ayuda de la gracia siempre podemos vencer, Dios nunca permitirá que seamos tentados arriba de nuestras fuerzas (1 Cor. 10,13; 1 Pe. 1, 5).

 

c) Es necesario luchar con prontitud para  vencer: no dejar avanzar la tentación que dificulta el vencimiento de la que antecede:

 

“Me escribías, médico apóstol: “Todos sabemos por experiencia que podemos ser castos, viviendo vigilantes, frecuentando los sacramentos y apagando los primeros chispazos de la pasión sin dejar que tome cuerpo la hoguera. Y precisamente entre los castos se cuentan los hombres más íntegros, por todos los aspectos. Y entre los lujuriosos dominan los tímidos, egoístas, falsarios y crueles, que son características de poca virilidad” (Camino. José María Escrivá de Balaguer. 124.

 

Hay dos modos de luchar: en castidad, por ejemplo, cambiando la atención a algo distinto, rezando, hablando con otra persona de otro tema, etc.; en las virtudes teologales se lucha de frente haciendo el acto contrario: ante la duda de fe, el acto de fe correspondiente “Creo, Señor, ayuda mi incredulidad” (Mc. 9, 24).

 

d) Tener clara la conciencia: sentir no es lo mismo que consentir: porque hay muchos que son derrotados porque el demonio sugiere “ya fuiste vencido, acaba de caer de una vez”, cuando no había aún pecado ni venial, pero introdujo en el sujeto el desánimo.

e) Nunca es lícito ponerse en tentación de modo voluntario y libre, si por obligación profesional alguno tiene que enfrentar una ocasión difícil moralmente hablando, tiene que poner los medios adecuados para evitar la caída. Esas son las llamadas ocasiones de pecado, que hay que evitar siempre. Si es próxima hacerla remota; si se puede evitar hay que huir. Sin embargo siempre habrá ocasiones y modo de pecar fácilmente, a no ser que haya amor a Dios sobre todas las cosas. Si es pecado exponer la vida física sin motivo, es mayor temeridad exponer la vida moral sin causa grave y con todos los cuidados debidos: no asistir a espectáculos que no pueda ver un cristiano sin exponerse a peligro grave, leer libros de mala o dudosa doctrina, etc.

X. La obsesión diabólica