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Los Hijos del Diablo

IV. El Diablo

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IV. El Diablo

“¡Oh! Tu corazón se ha engreído y has dicho: “Soy un dios, estoy sentado en un trono divino, en el corazón de los mares.”...”  “...equiparas tu corazón al corazón de Dios.”  “...Ningún sabio es semejante a ti. Con tu sabiduría y tu inteligencia te has hecho una fortuna, has amontonado oro y plata en tus tesoros. Por tu gran sabiduría y tu comercio has multiplicado tu fortuna y por tu fortuna se ha engreído tu corazón. Por eso, así dice el Señor Yahve: Porque has equiparado tu corazón al corazón de Dios, por eso, he aquí que yo traigo contra ti extranjeros, los más bárbaros entre las naciones. Desenvainarán la espada contra tu linda sabiduría y profanarán tu esplendor; te precipitarán a la fosa...” “... ¿Podrás decir  aún: “Soy un dios”, ante tus verdugos?...”  “... Eras el sello de una obra maestra, lleno de sabiduría, acabado en belleza. En Edén estabas, en el jardín de Dios. Toda suerte de piedras preciosas formaban tu manto: rubí, topacio, diamante, crisólito, piedra de ónice, jaspe, zafiro, malaquita, esmeralda; en oro estaban labrados los aretes y pinjantes que llevabas, aderezados desde el día de tu creación. Querubín protector de alas desplegadas te había hecho yo, estabas en el monte santo de Dios, caminabas entre piedras de fuego. Fuiste perfecto en tu conducta desde el día de tu creación, hasta el día en que se halló en ti iniquidad. Por la amplitud de tu comercio se ha llenado tu interior de violencia y has pecado. Y Yo te he degradado del monte de Dios y te he eliminado, querubín protector, de en medio de las piedras de fuego. Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra, te he expuesto como espectáculo a los reyes. Por la multitud de tus culpas, por la inmoralidad de tu comercio, has profanado tus santuarios. Y Yo he sacado de ti mismo el fuego que te ha devorado; te he reducido a ceniza sobre la tierra, a los ojos de todos los que te miraban. Todos los pueblos que te conocían están pasmados por ti. Eres un objeto de espanto, y has desaparecido para siempre.” (Ez. 28, 1-19).

 

“Ha sido precipitada al seol tu arrogancia al son de tus cítaras. Tienes bajo ti una cama de gusanos, tus mantas son gusaneras. ¡Cómo has caído  de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de naciones! Tú que habías dicho en tu corazón : “Al cielo voy a subir , por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión, en el extremo norte. Subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo. ¡Ya! Al seol has sido precipitado, a lo más hondo del pozo”. (Is. 14, 11-15).

 

“Que te enseñe tu propio daño, que tus apostasías te escarmienten y reconoce y ve  lo malo y amargo que te resulta el dejar a Yahve tu Dios y no temblar ante mi... Oh tu que rompiste desde siempre el yugo y sacudiendo las coyundas decías: ¡No serviré!...” (Jr. 2, 20).

 

“Y apareció otra señal en el cielo, un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas, siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra. El Dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto lo diera a luz. La Mujer dio a luz un hijo varón , el que ha de regir a todas las naciones de la tierra con cetro de hierro: y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser allí alimentada mil doscientos sesenta días. Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron con el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron, pero no prevalecieron y no hubo ya lugar en el cielo para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente Antigua, el llamado diablo y satanás, el seductor del mundo entero; fue arrojado a la tierra y sus ángeles fueron arrojados con él.” (Apoc. 12, 3-9).

 

“Yo veía satanás cayendo del cielo como un rayo” (Lc. 10, 16).

 

“Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que precipitándolos en los abismos tenebrosos del Tártaro, los entregó para ser custodiados hasta el juicio” (II Pe. 2, 4).

 

“...a los ángeles que no mantuvieron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados con ligaduras eternas bajo tinieblas  para el juicio del gran Día” (Judas, 6).

 

Las Sagradas Escrituras especifican que la soberbia es la causa de la rebelión del demonio y sus ángeles, y aunque no especifican directamente  la naturaleza de la prueba que no aprobaron estos ángeles minoritarios que se constituyeron en demonios encabezados por el diablo, queda claro el movimiento interior que los precipitó al abismo y se deduce explícitamente la naturaleza de la prueba en el capítulo 12 del Apocalipsis, como se ha analizado.

 

Hemos desarrollado la tesis que coincide con una escuela teológica que señala que la naturaleza de la prueba fue amar y servir al Dios hecho Hombre, a Cristo, dado lo cual desencadenaron la rebelión ya que al saber que Dios se iba a hacer hombre, no obedecieron el decreto, puesto que querían que en lugar de ello, Dios se enangelizara y que con su naturaleza angélica podían constituir un reino en donde no se sirviera a seres inferiores como los hombres.

 

Hubo un hecho anterior a la aparición del dragón, que es la causa de tal aparición. Un mandato que es desobedecido,  que explica San Pablo:

 

“Nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el benévolo designio, que en Él  se propuso de antemano, para realizarlo en la plenitud de los tiempos: hacer que todo tenga a Cristo por cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra. A Él, por quien entramos en herencia, elegidos de antemano, según el previo designio del que realiza todo conforme a la decisión de su voluntad, para ser nosotros alabanza de su gloria” (Ef.1, 9-12).

 

Y recalca la supremacía de Cristo sobre los ángeles:

 

Él es “... primogénito de toda la creación” (Col 1, 15);  “... al introducir a su Primogénito en el mundo dice: y adórenle todos los ángeles de Dios.

 

Y de los ángeles dice:

 

el que hace a sus ángeles vientos y a sus servidores llamas de fuego” (Hb.1, 6-7); “¿Es que no son todos ellos espíritus servidores...?” (Hb. 1, 14)

 

Además, también afirma la unidad de Cristo con los suyos, hombres y ángeles:

 

“¿No sabéis que nosotros juzgaremos a los ángeles?” (1 Cor. 6, 3). “... y verán al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo  con gran poder y gloria. Él enviará a sus ángeles con la gran trompeta  y reunirán de los cuatro vientos a los elegidos de un extremo a otro del cielo”... “Cuando venga el  Hijo del hombre en su gloria con todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria” (Mt.24, 30-31; 25, 31).

 

La causa de desobediencia del demonio, que hemos expuesto, es consecuente con su acción de mentiroso, padre de la mentira y homicida desde el principio (Jn. 8, 44). No quiso servir por su soberbia, por eso Dios advierte al hombre acerca de este pecado como origen de todos (Ecl. 10, 15; Tb. 4, 15; I Tim. 3, 6).

 

Habiendo sido presentado  a los ángeles el misterio de la encarnación del Verbo (I Tim, 3, 16), Lucifer y los suyos se negaron, por orgullo, adorar al Verbo encarnado, diciendo ¡No serviré! (Apoc. 12, 1-10; Jr. 2, 20; Francisco Suárez. De Angelis, citado por Vicente Risco. Pp. 19).

 

Por esa soberbia es posible que Lucifer quisiera que Dios se enangelizara en él. (Ambrosio Catarino, Arzobispo de Ponza. De gloria bonorum angelorum et lapsu malorum. 1552. Citado por Vicente Risco. Pp. 278). De la soberbia procedieron, como de su raíz, todos los demás pecados de los ángeles caídos,  la envidia y  los celos.

 

Santo Tomás de Aquino señala que la raíz de la culpa de los ángeles estuvo en el defecto de considerar los privilegios de su naturaleza de manera errónea, dejando de considerar el bien superior, que es la voluntad de Dios, a la cual debieron ordenar su propio bien, radicado en su naturaleza, con la que habían sido creados; la semilla de la soberbia fue la causa de este proceso y el efecto fue la rebelión.

 

Cristo revela que el diablo: “No se mantuvo en la verdad” (Jn. 8, 44), ¿Qué verdad? La única verdad por la que todo existe, a la que todo confluye, de la que todo procede y en la que todo tiene su fundamento: el propio Cristo. Él mismo lo revela: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn. 14, 6).

 

Cabe señalar que en el hombre, la verdad lógica, es la correspondencia entre el objeto y la imagen del objeto que se forma en la mente mediante conceptos e imágenes intelectuales (Crítica o Teoría del Conocimiento. D. Barbedette. P.S.S. Ed. Tradición. México. 1984. Pp. 11-12).

 

En Dios es un fenómeno análogo. La verdad de Dios es la segunda persona de la Santísima Trinidad, que se reveló a los ángeles (I Tim, 3, 16) en la señal del cielo de aquél que iba a nacer de la mujer vestida de sol (Apoc. 12, 2).

 

Por tanto, desde el punto de vista del sujeto que percibe esta verdad, en el caso de Luzbel, por la portentosa inteligencia con la que fue dotado por Dios en su naturaleza, esta percepción fue intuitiva e inmediata y perfecta, por lo que poseyó la verdad de Cristo revelada en la señal que Dios le ofreció junto con todos los ángeles y tuvo la verdad por un lapso, pero luego, al comparar consigo mismo la verdad revelada que ya tenía, determinó para sí, no mantenerse en ella y rechazarla para siempre.

 

Con ese acto, tampoco se mantuvo en la verdad metafísica, toda vez que rechazó no solamente a Cristo, como voluntad del Padre conforme con el intelecto divino, sino también la voluntad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo para él mismo, la cual era someterse a Cristo, como segunda persona del la Santísima Trinidad hecho Hombre, para lo cual había sido creado, para obedecerle y obtener con ello su perfección.

 

Así, cuando Jesús señala que “no se mantuvo en la verdad”, explícitamente afirma que  previamente estuvo en la verdad, la conoció porque le fue dada para permanecer en ella, pero la podía rechazar. En esto estaba la prueba, en que podía elegir mantenerse o no mantenerse en la verdad, y eligió lo último.

 

Consecuencia lógica de no mantenerse en la verdad, es abrazarse a lo que no es la verdad, al error, la mentira, lo que no es ni podrá ser, de donde engendró en sí mismo una serie de mentiras acerca de él, de la creación, de Dios y de todo cuanto existe, creándose un universo de mitos con mentiras de su origen y de su destino, incluyéndose a sí mismo, se convirtió en padre de la mentira (Jn. 8, 44).

 

Habiendo rechazado a Cristo, la verdad del Padre y de toda la creación, hizo de su naturaleza la mentira, porque en la elección que hizo para la eternidad, se convirtió en el objeto mismo de su elección, por lo que la mentira es su propia naturaleza, por elección libre y plena, dándose cuenta de todas las consecuencias de esa elección para toda la eternidad.

 

“391” ”... La Escritura y la Tradición de la Iglesia ven en este ser un ángel caído, llamado Satán o diablo (Cfr. Jn 8,44; Ap 12,9). La Iglesia enseña que primero fue un ángel bueno, creado por Dios. "Diabolus enim et alii daemones a Deo quidem natura creati sunt boni, sed ipsi per se facti sunt mali" ("El diablo y los otros demonios fueron creados por Dios con una naturaleza buena, pero ellos se hicieron a sí mismos malos") (Cc. de Letrán IV, año 1215: DS 800).

 

392 La Escritura habla de un pecado de estos ángeles (2 P 2,4). Esta "caída" consiste en la elección libre de estos espíritus creados que rechazaron radical e irrevocablemente a Dios y su Reino. Encontramos un reflejo de esta rebelión en las palabras del tentador a nuestros primeros padres: "Seréis como dioses" (Gn 3,5). El diablo es "pecador desde el principio" (1 Jn 3,8), "padre de la mentira" (Jn 8,44).

 

393 Es el carácter irrevocable de su elección, y no un defecto de la infinita misericordia divina lo que hace que el pecado de los ángeles no pueda ser perdonado. "No hay arrepentimiento para ellos después de la caída, como no hay arrepentimiento para los hombres después de la muerte" (S. Juan Damasceno, f.o. 2,4: PG 94, 877C).” (Catecismo Oficial de la Iglesia Católica).

 

Se estableció así una oposición insalvable entre Cristo y el diablo:

 

“... ¿que relación hay, pues, entre la justicia y la iniquidad? ¿Qué unión entre la luz y las tinieblas? ¿Qué armonía entre Cristo y Belial? ¿Qué participación entre el fiel y el infiel?” ( II Cor. 6, 14-15)

 

Príncipe de este mundo

 

““¿Cómo caíste, Lucifer; tú que brillabas en la mañana? (Is. 14, 12). Este nombre, esta comparación con la Estrella, tuvieron gravísimas consecuencias. Lucifer significa Portador de la Luz. También le llaman Luzbel, que el pueblo cristiano interpretó como Luz Bella.  El Príncipe de los demonios era un ángel, es decir, no nacido de las tinieblas, no surgido de la materia o del caos, o respondiendo como la negación a la afirmación, o como la sombra a la luz, sino que apareció en el seno de la luz misma, creado por Dios con innumerables ángeles, más numerosos que las estrellas del cielo, que las arenas del mar, inmensamente, incomparablemente más numerosos que todas las sustancias materiales que podemos conocer. Pero uno de los más excelentes, el más elevado de todos, era Lucifer.

 

“Espíritus puros, creaturas perfectísimas adornados de los más altos dones naturales y preternaturales, de la inteligencia, majestad y poder, de la inmortalidad y de la gracia santificante, destinados a la bienaventuranza eterna, a la perpetua visión beatífica y a los más altos ministerios del servicio del Señor, los ángeles eran llamados hijos de Dios; la incomparable luz celeste los envuelve y su belleza excede toda imaginación. Pero es creencia muy extendida que Lucifer era de todos ellos el más hermoso, que sobrepasa en mucho a todos en belleza y majestad, que era el más luminoso y resplandeciente joyel en la Corte del Padre Celestial.

 

“Sería absurdo que nos pusiésemos aquí a ponderar, vía excellentiae, los esplendores de las realidades celestes, cuando todo lo que puede decirse ha sido expuesto inspiradamente por los autores sagrados, por los Santos Padres, por los teólogos y los místicos.

 

“Pero las tradiciones del pueblo fiel suelen tener una elocuencia seductora: una dice que en la frente de Lucifer brillaba la Estrella de la Mañana; otra que llevaba una corona de gloria en la cual resplandecía una gema desconocida y maravillosa de increíble refulgencia. Estas cosas dicen las tradiciones del pueblos fiel.

 

“Graves consecuencias se han desprendido del nombre de Lucifer, Portador de la Luz. Cierto mago húngaro, paisano de Klingsor, que no hace muchos años vivía en París, Stanislas Guiata, identificaba a Lucifer con la primogénita de las creaturas,  esto es, con la Luz primordial que Dios creo diciendo: “Hágase la luz”, al comenzar el primer día de la creación, la cual es la “Luz Astral”  de los ocultistas, a que los magos llaman “Gran Agente”, cuyas propiedades describen con prolijidad. Stanislas Guaita cerraba de este modo el paso a toda magia blanca, incluso a la magia natural, desengañando a los magos ingenuos y trayendo a todos a un ineludible satanismo (“Le temple de Satán”, Stanislas Guaita, passim).

 

“Pero aquel nombre –nomina numina—no ha tenido tan sólo  aquella consecuencia extravagante. Las ha tenido de rango filosófico, pues si Lucifer es Portador de la Luz, bien podía ser imaginado por los partidarios de “las luces” , como la misma de la razón, que resplandecía en su frente, o como el que ha traído, robado del cielo, la razón a los hombres ignorantes, oprimidos por la ley celeste, como otrora Prometeo trajo a los hombres el fuego, arrebatado a los dioses.

 

“En realidad, Lucifer era, según los doctores, un ángel de elevadísima jerarquía; del orden de los Serafines, según Suarez. “Supremus Ángelus –dice Santo Tomás—(Sum Tehol. I, 63, 8)...”

 

“...este ángel tan perfecto, tan extraordinariamente favorecido por la magnanimidad de Dios, tan prodigiosamente dotado de altísimos dones, tan amado del Padre Celestial, se rebeló contra Él y pecó, arrastrando a otros al pecado, por lo cual fue con ellos arrojado del Cielo y condenado a pena eterna en el Infierno (Is.  14, 11-15; Tobías 4, 14; Ecl. 10, 15; Sap. 2, 24; Mat. 25, 49; Luc. 10, 18; II Pedro 2, 4; Apoc. 12, 7-9; 22, 2; Syn Eudomouza (543), can, 9; Conc. Brac. (561); Conc. Const. 5, can. 6; Conc. Lat. 4,  (1215), cap. “Firmiter”; Conc. Constanza (1415); Conc. Trid. Ses. 5, cap. 1, Conc. Vat. Constit. “Dei Filius”, cap. 1, etc.).

 

...“...Poco duró, diréis, la felicidad de aquellos ángeles. Mejor sería decir: poco duró su fidelidad. Menos de un minuto. Pero mucho menos aún, la fracción infinitesimal, la más pequeña posible de imaginar, contemplando la Faz del Eterno, es tan más que suficiente dicha, que no puede compararse a nada de lo que el hombre pueda llegar a concebir. Pues esto y aún más: una eternidad de esto, arrojó de sí Lucifer sin piedad, sin duelo de sí mismo, sin gratitud ni consideración para quien gratuitamente se lo daba, y a quien debiéndole todo, debía toda la adoración y el amor que de su ser fuera capaz... Fue una decisión terrible, entre la vida más sublime, y una muerte muchísimo peor que la muerte, porque es agonía eterna en la rabia y en la desesperación. Elección libre, consciente, con pleno conocimiento de las consecuencias.

 

...”... Según  Santo Tomás, Lucifer quiso ser tanto como Dios: “Elevatum es cor tuum, et desistí: Deus ego sum” (Ezeq. 28), y creyó que la bienaventuranza le era debida por naturaleza” (Vicente Risco. Op. Cit. Pp.15-18).

 

Así, el más bello de todos los ángeles se convirtió a sí mismo en la más horrible de las creaturas.

 

“Ninguna creatura de tan horrible aspecto, tan monstruosa, tan innoble, tan repugnante, tan inmunda, tan deforme, tan repulsiva, tan hedionda... Se engañan los que han querido representarlo adornado de una belleza triste o de una hermosura siniestra. No puede ser así, porque lo siniestro no puede ser hermoso y porque su sentimiento no es la tristeza, sino la rabia...”

 

“... su fealdad es proporcional a su antigua belleza, porque es la fealdad inconmensurable del pecado, y aún más, del primer pecado, el que fue raíz y origen de todos los pecados del mundo. El que de ellos fuera mayor que los otros en virtud  se hizo superior a toda creatura en el mal...”

 

“El ángel de la Luz quedó convertido en ángel de tinieblas. Fue como una inversión completa de su naturaleza original, sin perderla, ni peder ninguna de sus prerrogativas debidas a ella. Perdió la gracia santificante, los dones sobrenaturales, pero no los naturales ni preternaturales. Solo que su naturaleza destinada al bien, quedó,  como si dijéramos, invertida, es como si antes estuviera cabeza arriba, con la frente elevada hacia el Sumo Bien, reflejando en ella la luz increada, como la Estrella de la Mañana, que era su símbolo, refleja la del sol, y ahora estuviese cabeza abajo, en actitud de eterna caída hacia el mal absoluto, hacia la oscuridad profunda, reflejando tan solo su frente el ardor insoportable de las llamas eternas...”

 

“...Así el que pretendía erigir frente al de Dios su trono fue destronado, y la corona de gloria cayó de su cabeza. Una tradición, cuyo origen se desconoce, afirma que, con la corona de gloria, cayó de la frente de Lucifer, aquella gema de maravilloso esplendor, que allí centelleaba deslumbrante, como si la luz abandonase para siempre el alma rebelde. Aquella gema quedó en poder de San Miguel Arcángel y de ella fue fabricado en el Cielo el Santo Grial, la copa en que el Redentor había de consagrar el vino en la Santa Cena, y en la cual, al bajar su cuerpo de la cruz, había de ser recogida su preciosa sangre... El Santo Grial quedó en el cielo, adorado por los ángeles, hasta que estos lo transmitieron a los hombres en los primeros tiempos de la edad patriarcal” (Vicente Risco. Op. Cit. Pp. 20-30).

 

Numerosos autores han expuesto que el título que Cristo aplica al demonio como “príncipe de este mundo” (Jn. 14, 30), le viene por conquista, esto es por el acto de haber engañado al hombre y con ello haber sometido la creación al desorden producto del pecado de nuestros primeros padres.

 

 “Dios de este mundo”, lo llama San Pablo (2 Cor. 4, 4) y San Juan señala que “el mundo entero yace en poder del maligno” (1 Jn. 5, 19), al señalar como mundo a todo lo que se opone a Dios.

 

Una interpretación que parece más exacta es que Lucifer fue creado para ser príncipe de este mundo, como ya lo hemos señalado en el capítulo anterior, ya que Dios asignó oficios en la creación a todos los ángeles, orientados al servicio del Dios hecho Hombre que se revelaría en el momento oportuno. El oficio que Dios le dio a Lucifer fue el de ser príncipe de este mundo, para que fuera el primero con todo su portento, en servir a Cristo.

 

Al no pasar la prueba de amor a Cristo, aunque los ángeles caídos fueron relevados  de sus oficios, esto es, quedaron como sin empleo, pero no les fue quitado el nombramiento, el atributo para aquellos oficios, ni la potestad de realizarlos. Aunque tanto su nombramiento, como atributo y facultades, en ellos se pervirtieron por su pecado, en cuanto a la finalidad del servicio que habrían de dar, en su nueva condición, todo está orientado hacia el odio y el mal, sin embargo, reprimidos por Dios están impedidos de realizar todo el mal que quieren hacer en contra del hombre en la tierra.

 

“El Diablo, “aunque perdió su bienaventuranza, no perdió la naturaleza semejante a la de los ángeles”  señala San Gregorio Magno (Moral in job 2, 4. Citado por Luis Eduardo López Padilla en “Las Profundidades de Satanás”. El proyecto milenario del poder de las tinieblas. Edición Propia. México 2006. P. 85).

 

En consecuencia, así como existe una jerarquía entre los ángeles, también la hay entre los demonios, puesto que sin haber perdido sus prerrogativas naturales continúan ordenados entre sí, como lo estuvieron desde que fueron creados, subordinados los inferiores a los superiores.

 

Sin embargo,  están totalmente sometidos al poder de Dios y son dominados por los ángeles bienaventurados en la medida en que la gracia sobrepasa la naturaleza.

 

Entre los demonios no existe la caridad, sino que mutuamente se odian, como odian también a los hombres, a los ángeles y a todo lo que procede de Dios.

 

El demonio es sustancia espiritual con voluntad y entendimiento, que no requiere de discurrir, como el hombre, para poseer la verdad de las cosas, ya que la tiene en un solo acto, sin necesidad de dividirla en conclusiones consecutivas, como lo hace el hombre, que primero tiene que percibir con sus sentidos, y luego formar una serie de pensamientos, razonar y luego aproximarse a la verdad, comprobar sus razonamientos revisando las ideas que los conforman para ver si resisten la fuerza de la lógica, hasta obtener un concepto de las cosas que está conociendo, el cual se conforme con las mismas, mediante lo cual obtendrá el conocimiento de la verdad.

 

Desde su creación, los ángeles obtuvieron de Dios todas las ideas cognoscitivas de las cosas, obtuvieron así la ciencia, por lo que no requieren de abstraer de la experiencia sensible, ya que el conocimiento les viene dado por Dios.

 

Esta ciencia es proporcional en cada ángel a la perfección natural con la que cada uno fue creado y se conoce a sí mismo  de manera constante. También conocen a los demás ángeles. Esto es, que conocen a los que están en el cielo y a los caídos. También conocen a Dios por cuanto se puede reflejar en el reino de los ángeles, y por las revelaciones que han obtenido del mismo Dios.

 

“...los demonios poseen una ciencia perfectísima de todas las cosas materiales y sensibles, de toda la estructura del universo, del modo como se formaron los astros y planetas y de sus movimientos y sus revoluciones; de todos los elementos y fuerzas naturales, de las leyes físicas que rigen la actividad de los cuerpos; de los secretos de las naturalezas y de las propiedades ocultas de los minerales y las plantas; de los misterios de la vida y de la formación y condiciones de todos los organismos y de la maravillosa unión del alma con el cuerpo para formar el ser admirable que es el hombre”. (Luis Eduardo López Padilla. Op. Cit. P. 86).

 

Los demonios pueden conocer los eventos futuros, los efectos naturales y fenómenos de las leyes físicas, en virtud del conocimiento que tienen de sus causas, pero no pueden conocer con certeza, los eventos futuros que dependen de la libertad del hombre, pero pueden sospechar los secretos del corazón de las personas debido a que conocen como han actuado en circunstancias parecidas y a los signos externos que se presentan como consecuencia de los sentimientos íntimos sobre el organismo.

 

Sin embargo, el demonio no puede violar el pensamiento del hombre y tampoco su voluntad, puesto que eso pertenece al dominio exclusivo de Dios (I Reyes, 16, 7; Sal, 10, 5).

 

El diablo tiene gobierno sobre cosas materiales,  puede modificar muchas funciones de la vida vegetativa, sensitiva, mover cuerpos, impresionar a los sentidos de diversas maneras, impresionar a la imaginación y realizar innumerables fenómenos que resulten de un movimiento natural de las fuerzas físicas. (Luis Eduardo López Padilla. Op. Cit. Pp. 88-89).

 

“394 La Escritura atestigua la influencia nefasta de aquel a quien Jesús llama "homicida desde el principio" (Jn 8,44) y que incluso intentó apartarlo de la misión recibida del Padre (Cfr. Mt 4,1-11). "El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del diablo" (1 Jn 3,8). La más grave en consecuencias de estas obras ha sido la seducción mentirosa que ha inducido al hombre a desobedecer a Dios.

 

395 Sin embargo, el poder de Satán no es infinito. No es más que una creatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre creatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios. Aunque Satán actúe en el mundo por odio contra Dios y su Reino en Jesucristo, y aunque su acción cause graves daños -de naturaleza espiritual e indirectamente incluso de naturaleza física - en cada hombre y en la sociedad, esta acción es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero "nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman" (Rm 8, 28).” (Catecismo Oficial de la Iglesia Católica).

V. Cristo, vencedor del demonio