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Los Hijos del Diablo

III. La prueba de los Ángeles

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III. La prueba de los Ángeles

Los ángeles son los primeros seres inteligentes creados y para que el hombre sepa acerca de ellos, en el Apocalipsis Dios revela hechos que ayudan a comprender la naturaleza de la prueba de amor por la cual merecerían tener por cabeza a Cristo.

 

“Los ángeles fueron creados en estado de gracia y en posesión de la felicidad que les correspondía conforme a su naturaleza. Sin embargo, Santo Tomás afirma que tenían que esperar y merecer la bienaventuranza sobrenatural, la cual consiste en la visión de Dios. Por lo mismo fueron elevados por encima de su propia naturaleza, ya rica de por sí, y a la vez marcados con un carácter divino que los ponía en la posibilidad de alcanzar la bienaventuranza sobrenatural. Esta felicidad eterna es algo gratuito y al mismo tiempo rebasa todas las fuerzas de las creaturas para conseguirla, tanto en los ángeles como en los hombres. Para obtenerla es absolutamente necesaria la gracia divina, y los ángeles debían merecerla por su fidelidad a ella; pero dada la perfección de su naturaleza, en un único acto de su voluntad decidieron para siempre, irrevocablemente. Puesto que los ángeles son exclusivamente espirituales, no tienen cuerpo ni sensibilidad como nosotros los humanos; por eso su conocimiento de la realidad no es mediante raciocinios ni sensaciones, ni es imperfecto, sino que es intuitivo y sin error. Además de este conocimiento que poseen según su naturaleza, y de conocerse entre ellos mismos, tienen el conocimiento de aquellas cosas que Dios les quiere participar. De hecho los ángeles nunca se encuentran en estado de ignorancia, como sucede muchas veces entre nosotros los hombres, lo cual no significa que tengan una sabiduría infinita como la de Dios, pues hay cosas que solamente Él conoce, pero ellos pueden pasar de una noción a otra”. (...)  “No podían alcanzar la bienaventuranza eterna y ver a Dios “cara a cara” sino con la gracia divina y después de realizar un acto meritorio, ya que, como dice Santo Tomás, “después de que el ángel ejercitó el primer acto de caridad por el que mereció la bienaventuranza, fue inmediatamente bienaventurado”; en tanto que el resto, los demonios, pecaron por soberbia, buscando una falsa independencia de Dios, “inclinándose por su libre albedrío al propio bien, sin la subordinación a la regla de la voluntad divina”. Los ángeles eligieron a Dios, y los demonios se prefirieron a sí mismos” (Francisco Martínez G. Op. Cit. Pp. 13-15).

 

El Apocalipsis presenta, en unidad, mediante una señal de este misterio, hechos arcanos y postreros en el tiempo. Ocurrieron en el cielo y en la tierra, cuando Cristo vino al mundo y que han de consumarse al final de los tiempos. En este libro claramente Dios señala que está escrito “lo que ya es y lo que va a suceder más tarde”  (Apoc. 1, 19).

 

Es necesario precisar el fundamento por el que consideramos que la revelación contenida en el capítulo 12 del Apocalipsis, se refiere, además de las interpretaciones que históricamente se le han venido dando, a la revelación de amor, expresada en la aparición de una señal que contenía los planes de Dios referidos a la creación y su propósito, que dio a conocer a los ángeles, para que libremente se adhirieran con todo su ser y obtuvieran la perfección de su naturaleza, para ser admitidos a la visión beatífica.

 

El fundamento se encuentra precisamente en la secuencia de hechos que ocurren en el cielo, entre los cuales se narra la batalla entre San Miguel y el dragón, y los hechos precedentes que dan origen a esta lucha, que son precisamente la aparición de la mujer vestida de sol lista para dar a luz, y la aparición del demonio. Estos hechos se encuentran revelados como una secuencia, que desarrolla causas y efectos.

 

Si bien desde la mente de Dios se revelan a los ángeles y al hombre como unidad, señales y hechos del cielo y de la tierra --desde el punto de vista de la gracia, de la justicia y santidad mismas de Dios, y de los actos de las creaturas-- los mismos hechos y señales se refieren en el tiempo a sucesos diversos, relacionados con la consumación de su voluntad en su creación, en todo orientada a Cristo.

 

Primero menciona la aparición de una mujer, vestida de sol con la luna bajo sus pies, encinta a punto de dar a luz (Apoc. 12, 1-2), y enseguida aparece otra señal: un dragón rojo que precipita con su cola a la tercera parte de las estrellas del cielo, hecho lo cual se detiene delante de la mujer para devorar a su hijo en cuanto nazca (Apoc. 12, 3-5). Enseguida, se traba la lucha entre San Miguel y el dragón, el cual ya no tiene lugar en el cielo y es arrojado a la tierra con sus ángeles rebeldes (Apoc. 12, 7-9).

 

Posteriormente se proclama la victoria integral y total de Cristo y los que son de Cristo sobre el diablo. (Apoc. 12, 10-11). En adelante se revela la acción del diablo en la tierra en contra de la Santísima Virgen María, que sale triunfante. (Apoc. 12, 13-16). Despechado, el diablo hace la guerra a los hijos de esta mujer, que guardan los mandamientos de Dios y el testimonio de Jesús. (Apoc. 12, 17).

 

De ello resulta que primero apareció la mujer vestida de sol, que es la Santísima Virgen María,  pero como en la tierra la Virgen María no apareciera sino asta los tiempos señalados en el Evangelio, desde el punto de vista de la interpretación de la aparición en el cielo, esta señal es para los habitantes del cielo, para los ángeles, y es una señal que revela decretos de Dios.

 

Se trata de hechos acerca de “lo que ya es y lo que va a suceder más tarde”  (Apoc. 1, 19), y no de una visión intelectual cuya meta exclusiva sea un anuncio de hechos por ocurrir, sólo para ser narrados.

 

En este marco, la expresión “lo que ya es”, tiene forma para revelar acontecimientos que no habían ocurrido en el momento de su revelación, pero que desde la presciencia de Dios y de su reinado sobre todo, orientado a Cristo, vio que certeramente pasarán y queda evidente que la visión de los acontecimientos remotos ocurridos en el cielo y su narración, es para los hombres, para que sepan de cosas que ocurrieron en el cielo, relacionados con su salvación y el reinado de Cristo, y como estos guardan analogía con hechos presentes en el tiempo que ocurrió la visión, así como de hechos postreros.

 

En cuanto a los hechos que se encierran en la señal, que ocurrió en el cielo para sus habitantes, los ángeles, son estos seres los que de inmediato entran en acción,  para acechar a la mujer o para luchar en contra del dragón y sus huestes.

 

El texto sagrado se refiere al momento en que Dios revela a los ángeles la existencia de una nueva, desconocida hasta entonces, y muy singular creatura, en su obra creadora. Una creatura cuya especie se presenta en una mujer, que dentro de sí trae a otro de su especie, el cual vive dentro de ella y esa vida interna está en gestación hasta adquirir las características necesarias para la vida fuera de ella, por lo cual se encuentra en estado de embarazo, está encinta y va a dar a luz a un hijo varón. Les revela a Cristo con  su naturaleza humana y divina, así como su particular relación de parentesco humano y divino con su madre.

 

Se trata de una mujer embarazada, que es creatura, distinta de Dios, pero que va a dar a luz a un hijo varón, esto es, que no se trata de una sola persona que agota la especie, como ocurre con cada uno de los ángeles, sino que esta mujer trae dentro de sí a otro de su misma especie, al que le da la vida y esta vida no se circunscribe a su seno, sino que es para que salga del mismo para tener vida propia. Esto es, con la señal les revela toda la naturaleza humana.

 

Con el portento de las inteligencias puras que son los ángeles,  --que en un acto conocen la sustancia y la verdad del objeto— al ver a las personas a quienes Dios les presentó como señal en el empíreo, a la Madre y a su Hijo dentro de ella, claramente se dieron cuenta del parecido que esas nuevas creaturas tenían con la imagen del creador, lo cual hicieron por la posesión de la noción que Él les dio de sí mismo al crearlos como inteligencias puras.

 

Sin espacio para duda alguna y con todo el poder de la verdad que traspasó y llenó los cielos –que es Cristo (Jn. 14, 6)—, con todo el poder de inteligencias puras, los nueve coros angélicos se  dieron cuenta de que se trata de Dios hecho Hombre y de su Madre, porque ellos podían ver la naturaleza humana, pero dentro de la mujer, aquel que lleva en su seno, tiene la incongoscibilidad, que solamente Dios tiene, la cual es inaccesible y solamente posible con la participación de Él, la cual estaba presentando de manera singular a estas creaturas.

 

Se dieron cuenta que el Creador ha establecido un parentesco mediante algo hasta entonces desconocido para ellos, que se llama la maternidad, de una manera totalmente sorprendente y excediendo toda lógica y toda la ciencia angélica, mediante la cual, una creatura engendra al Creador, que asume por este hecho la naturaleza de esa creatura, pero  sin dejar de ser el Creador. Al mismo tiempo y en consecuencia, esa creatura maternal participa de la divinidad de un modo misterioso.

 

Hasta ese momento, si todos los ángeles no sabían de las procesiones divinas de la intimidad de Dios, pues de esta manera se les dio a conocer insertada en la naturaleza humana. Cómo el Padre engendra eternamente al Hijo y de ambos procede el Espíritu Santo, y que su delicia es estar entre los hijos de los hombres (Prov. 8, 31; Eclo. 24, 7-8) y por eso da a conocer ante los hermanos mayores de la creación, por ser los primeros creados para morar en los cielos, su esencia, pero de la forma en que a Dios le complace, a través de María: Cristo, quien es objeto de toda su complacencia eterna  y a quien ordena escuchar, ya que es su única palabra para toda la creación (Mt. 17, 5).

 

Sin duda que, para todos los ángeles quedó claro que, primeramente, esa mujer estaba emparentada a Dios de forma que ningún ángel podría estarlo, y enseguida, por el hecho de la maternidad que se estaba revelando, se les daba a conocer que Dios había determinado que hubiera  muchos de esa especie humana, los cuales por participar del acto maternal que estaban presenciando, pues estaban llamados a participar de esa misma intimidad con Dios.

 

Nada de lo que habían visto y asumido, sospechado, lucubrado o curioseado en la creación, tenía proporción con este decreto que se presentaba en forma de señal que llenaba los cielos.

 

Todo estaba claro a los ángeles: Dios sería Hombre y no sería solo Él y su Madre, sino que es el prototipo de toda la especie humana con la que quería unirse en una sola persona en un matrimonio eterno para ser un solo ser (Ef. 1, 5).

 

Una nueva creatura, que a diferencia de los ángeles, habría miles de millones de individuos  en su sola  especie, que se multiplicarían al unirse en sus géneros, y que en su naturaleza tendrían a todas las naturalezas que existían y que vendrían a ser creadas --en ese momento faltaban aún por crear los animales y los vegetales-- y que conformarían a un ente universal santo, con forma de Cristo Hijo de Dios, en cuyo interior mora el Espíritu Santo --la Iglesia—cuyo prototipo era esa misma mujer vestida de sol.

 

Vladimir Lossky reflexiona acerca de este misterio:

 

“La perfección del hombre no radica en lo que lo asemeja al conjunto de las creaturas, sino en lo que lo distingue del cosmos asimilándolo al creador”... ...“La imagen de Dios en el hombre, en la medida en que es perfecta, es necesariamente incognoscible, según san Gregorio Niseno, pues al reflejar la plenitud de su Arquetipo, debe poseer también la incognoscibilidad del ser divino. Por esa razón no se puede definir en qué consiste la imagen de Dios en el hombre. No podemos concebirla de otro modo que mediante la idea de participación en los bienes infinitos de Dios (Vladimir Lossky,  Op.Cit. Pp. 84; 87).

 

Con esta revelación a los ángeles, quedaba en claro también la realeza de este Hijo de Dios, de quien San Pablo señala su centralidad:

 

“El ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los ángeles...”  (I Tim, 3, 16).

 

Se trata del Cristo preexistente, siempre presente en la mente de Dios, por toda la eternidad, considerado en la persona histórica y única del Hijo de Dios hecho Hombre en las entrañas de María, por lo que esta revelación del Apocalipsis, no tiene otro sentido primigenio para los ángeles que el de la prueba de Dios para que se hicieran dignos de los maravillosos planes a que los ha destinado respecto de sí mismo en Cristo, así como de la visión beatífica.

 

Ante la verdad que se ha revelado de manera inmediata a su creación, según declaran los padres de la Iglesia, solamente quedaban dos actos por ocurrir.

 

“...su adhesión inmutable a Dios o su enemistad eterna contra él se realizaron instantáneamente, en el mismo momento de su creación, por los siglos de los siglos”, declara San Basilio. (Comentado por (Vladimir Lossky,  Op.Cit. Pp. 76).

 

Con la fuerza de la naturaleza portentosa de los ángeles, conocieron la verdad  de la voluntad de Dios, y con este portento, en el mismo acto, se volcó toda la compulsión de su ser para amar lo conocido o rechazarlo.

 

Al aceptar la verdad, que es la voluntad de Dios, estaba el hacerse hijos de María, ya que sería de Ella de quien recibirían la plenitud de la visión beatífica y conocerían los misterios de la Santísima Trinidad, porque Dios no tiene otro Verbo que el que está en Cristo, ni otra manera de ser creatura que en Cristo, ni de darse a conocer a la creatura más que en Cristo, por Cristo, para Cristo y con Cristo, que es la única verdad de Dios.

 

Al rechazar la voluntad de Dios, negarían estas maravillas e inaugurarían para sí, un antimundo de horror, mentira, odio y sufrimientos inimaginables, pues eso significaría apartarse de Dios para siempre.

 

Repudia a la razón el pensar que Dios determinara crear en el cielo un dragón rojo para que acechara a la Santísima Virgen María para devorar a Cristo, o que solamente introdujera ante los ojos o ante la imaginación de San Juan figuras inexistentes que refirieran deducciones de los hombres. Se trata de hechos verdaderamente ocurridos, a los que fue introducido San Juan como testigo.

 

Lo que ocurrió es que ese dragón, del que se dice en el Apocalipsis que es la serpiente antigua, el llamado diablo y satanás (Apoc. 12, 9), en un momento  “apareció”, empezó a serlo, después de que era un ángel encumbrado (Ez. 28, 1-19; Is. 14, 11-15) y después de que apareció la señal de la mujer vestida de sol, según la secuencia y relaciones que se revelan en el Capítulo 12 del Apocalipsis.

 

En el caso de la señal de la mujer, ocurrió lo mismo. Dios mostró a los ángeles la visión de su presciencia, de hechos que ocurrirían en su creación, por haberlos decretado así en Cristo, con Cristo, por Cristo y para Cristo, todo ello en María.

 

Les mostró la verdad, su verdad, la única existente, que si bien en cuanto creaturas no se había consumado, pero que existía en cuanto decreto de hechos que habrían de consumarse con más firmeza que la creación entera, ya que eran relativos a su segunda persona.

 

En consecuencia y según el texto sagrado, el diablo empezó a serlo en el cielo, y no fue precipitado a la tierra por San Miguel, sino hasta después de haber arrastrado con su cola a la tercera parte de las estrellas del cielo y luego haber acechado a la mujer para tratar de devorar a su hijo en cuanto naciera.

 

Luzbel se reveló en contra del decreto que se estaba dando a conocer antes de que ocurriera en la historia, y lo que acechó al momento de prepararse a devorar al hijo de la mujer, fue al decreto mismo de su existencia, como si pudiera evitarlo de alguna manera, esto es, se reveló en contra de la verdad, no se mantuvo en la verdad una vez que la conoció. (Jn. 8, 44).

 

Es así que, según nuestra exposición de la prueba de obediencia que pasaron los ángeles, estos hechos ocurrieron en el cielo, y esta prueba tuvo varios momentos,   que se narran así como medio explicativo solamente, ya que los ángeles no requieren de espacios temporales para actuar, y todo ello ocurrió en un mismo acto, por lo que la prueba y la rebelión ocurrieron al mismo tiempo, inmediato a su creación (Santo Tomás de Aquino. S th I, 63, 6-8. Citado por Corrado Balducci. El Diablo “...existe y se puede reconocerlo”. Ed Paulinas. Bogotá Colombia. 1990. Pp. 21).

 

El primer hecho es cuando Dios mostró a los habitantes del cielo a la mujer vestida de sol, encinta y lista para dar a luz y las inteligencias puras --los ángeles constituidos por sus oficios cada uno con su especie agotada en sí mismo, en sus nueve coros— vieron el total del plan de Dios encerrado en esa mujer y en Cristo,  para quien todo había sido hecho, incluidos ellos.

 

El hecho siguiente es que en ese acto se encontró la iniquidad en Luzbel, por no querer servir a este hombre, a Cristo, y con eso no querer servir al Padre Eterno,  a su voluntad, con lo que se convirtió a sí mismo en dragón rojo, conciente de todas las consecuencias de su acto y habiendo querido y aceptado con todo su ser, su nueva condición de réprobo.

 

Ocurrido lo anterior, vino un tercer momento de la prueba, ahora para el resto de los ángeles, cuando con su cola, esto es, con a fetidez de su iniquidad, este dragón solamente pudo arrastrar a la tercera parte de los ángeles del cielo, quienes quisieron ser arrastrados, por su plena y libre voluntad y concientes con toda claridad de las consecuencias de su acto.

 

La seducción del dragón, tal cual lo era la señal del cielo, la mujer y su hijo, fue para todos los ángeles. Dos terceras partes se pusieron del lado de la verdad y la justicia divina y pasaron con este acto la prueba para permanecer en el cielo y tuvieron de inmediato a la visión beatífica.

 

Como no es posible establecer  otro momento distinto del nacimiento de Cristo, que el ocurrido en Belén, cuando siglos hacía que el demonio había tentado a nuestros primeros padres y los hizo caer, entonces cabe señalar que desde el punto de vista arcano o primigenio --el cual es razonable aplicar para explicar los hechos que narra el Apocalipsis desde que se menciona la batalla de San Miguel— la rebelión del demonio ocurrió en el cielo con tres acciones derivadas de la prueba de Dios para los ángeles, que consistió en la señal de la mujer vestida de sol lista para dar a luz y con ello la revelación de la realeza de Cristo sobre todo lo creado, quien  fue visto por los ángeles (I Tim, 3, 16).

 

Primero, el acto por el que se convirtió en dragón tras ser un encumbrado espíritu creado y amado por Dios; segundo, aquel por el que despeñó a la tercera parte de los ángeles del cielo, y tercero, aquel con el que acechó a la mujer para devorar a su hijo.

 

Ya en la tierra, después de haber sido expulsado del cielo, ocurrió un cuarto momento, que consistió en provocar el ejercicio de la prueba del hombre, cuando tentó a nuestros primeros padres, la cual, por su trascendencia afectó más al hombre que al demonio, ya que mató en él la gracia y lo apartó de Dios, haciéndose homicida desde el principio --como lo define Cristo (Jn. 8, 44)-- y al hombre, ciudadano de su reino de mentira.

 

Desde allí viene la interpretación postrera de estas mismas revelaciones, hacia la plenitud de los tiempos, cuando Cristo viene al mundo, predica el Reino de Dios y redime al hombre, y la del final de los tiempos, donde la Virgen María tomará parte con la Iglesia hasta que Cristo venga a juzgar a vivos y muertos, para culminar con la interpretación final de la consumación de la voluntad de Dios sobre todos los seres creados.

 

La centralidad de Cristo en la prueba de obediencia, que es prueba de amor, por la que pasaron necesariamente tanto ángeles como hombres, queda manifiesta en la naturaleza de la prueba misma y en la de los actos que realizaron ángeles y hombres en su caída y tras de su caída.

 

Cabe aclarar que aunque al demonio le quedó claro que toda la creación era para Cristo, los detalles del cómo esto ocurriría, los desconocía. Aún así, al no mantenerse en la verdad, quedó irremediablemente desprovisto del amor y el apego a la misma; hasta de la facultad de reconocer la verdad, de tal manera que aunque la tenga enfrente, como la repudia, su entendimiento se confunde ante su luz, ya que es el objeto de su repulsa y su odio, y es contraria a su naturaleza y a su reino.

 

“El plan unitario de la creación estaba orientado a Cristo: hasta la aparición de Jesús en el mundo, ese plan no podía ser revelado en su claridad. De ahí la rebelión de Satanás, por querer seguir siendo el primero absoluto, el centro de la creación, incluso en oposición al designio que Dios estaba realizando” (Habla un Exorcista. Gabriele Amorth. Biblioteca Muy Interesante. México 2004. Op. Cit. P. 24).

 

Esta penumbra, queda para la confusión del diablo, por lo que cuando tentó a Jesús, no sabía que Él era la segunda persona de la Santísima Trinidad

 

“Satanás, a pesar de vivir en el mundo de los espíritus, está privado de la vista de Dios, por lo cual no pudo apreciar su presencia en Jesús. Por otra parte, se dio cuenta de la santidad que en Él resplandecía y de que pretendía fundar en la humanidad un Reino de Dios. Comprendió que por esta razón debía hacer la guerra a Jesús, pues su triunfo naturalmente redundaría en el fracaso propio”... “Satanás recoge aquí las palabras aquellas venidas del cielo: “Este es mi Hijo muy amado”. Más aún no sabía en qué sentido se aplicaban a Jesús, pues le era desconocido el misterio de la encarnación, y de la naturaleza y vocación de Jesús sólo le era dado a conocer lo que Dios consentía. Pero de todo lo que hasta entonces había podido entender, sospechaba que el destino de Jesús debía ser sumamente elevado, y extraordinario; y que quizá fuera el Mesías. Con la tentación trataba de poner en claro este extremo y, si posible, hacer fracasar la misión de Jesús” (Satanás, Historia del Diablo. Ayma. Barcelona 1956. Vicente Risco. P. 128. Cita a Schuster-Holzammer. P. 137, nota 2).

 

Aunque el demonio vió en el cielo la señal de que Dios se haría hombre, no sabía como sucedería, ya que se trata de un misterio, el misterio de la encarnación, por cuanto todo lo que se refiere al mismo y a la Santísima Virgen María le está vedado. De ello solamente conoce la confusión que le genera y su compulsión por la mentira para establecer una copia remedo antítesis, pretendiendo actuar como dios de su mundo, con el poder de “crear” sustentado en la mentira y la muerte.

 

Explicado lo anterior, se sigue reflexionar respecto del protagonismo por el que el demonio se coloca en primer plano respecto del drama de la caída de los ángeles y luego del hombre.

 

Este protagonismo no podría tener otro antecedente sino el del oficio para el cual Dios había creado a Luzbel, como príncipe del mundo creado, que no puede ser otro que el de regidor de toda la creación, con miríadas de ángeles subordinados por sus oficios en la creación  y encaminado a entregar toda esa creación y todo ese servicio a Cristo en el momento cumbre de los tiempos, por eso fue creado para ser el primero de los servidores del Dios hecho hombre, de donde le viene el oficio de ser el príncipe de este mundo.

 

En el libro de los Salmos, se expresa lo anterior cuando dice refiriéndose a Cristo: “Entre esplendores sagrados yo mismo te engendré, antes de la aurora”, donde esta aurora es Lucifer (Sal. 109, 3), que anuncia la llegada del día, la salida del sol, que es Cristo, de donde procede esa misma luz de aurora.

 

Por ello es que Luzbel tenía comunicación con todos los coros angélicos, porque fue creado para anunciar a Cristo, tal como la aurora anuncia la salida del sol y luego esta luz desaparece fundida en los potentes rayos del sol. Los ángeles conocían la dignidad de Lucifer, por lo cual le obedecían, de manera que según se desprende del texto sagrado, el dragón no hubiera podido arrastrar consigo a la tercera parte de los espíritus celestes, a no ser que hubiera estrecha comunicación con todos y tuviera familiaridad derivada de los oficios que desempeñaban.

 

Asimismo se desprende que el objeto de esa comunicación persuasiva fue la mujer vestida de sol y lista para dar a luz a su hijo y que el tipo de comunicación  de Luzbel fue el de incitarlos a no obedecer a Dios, por lo que la tercera parte de todos se incendió en la rebelión contra Dios y su determinación de hacerse hombre, por tanto contra el servicio que debían dar a este nuevo ser y una elección absoluta por sí mismos.

 

Al referirse al diablo, los profetas Ezequiel e Isaías (Ez. 28, 1-19; Is. 14, 11-15), señalan acciones que tipifican como intercambio comercial, compra-venta o ponderación de valores, para el caso, de atributos propios respecto de otros.

 

Ya que no había ningún espíritu celeste tan dotado de atributos como Luzbel y que aún no tenía acceso a la visión beatífica, solamente pudo haber una causa por la que determinase voltear hacia sí mismo, y eso solamente pudo ser que le fue revelada primero a él, o bien que por su inteligencia portentosa comprendió el efecto que sobre sí tendría la determinación de Dios de crear a un ser nuevo que sería aún más favorecido que él, al que tendría que servir, como custodio y protector de todo el universo y de esa nueva creatura. No desde el punto de vista de cuidarlo de algún agente externo, sino de regir toda la creación para el hombre, hasta entregarla a Cristo, para quien estaba siendo creado todo. Todos los demás ángeles realizarían sus oficios en el universo con este propósito.

 

Este propósito pudo estar claro en la inteligencia de Lucifer porque de manera lógica se desprende que si regía toda la creación hecha por Dios y por sus oficios le eran subordinados millares de ángeles, estaba dotado de la inteligencia para comprender los planes de Dios al presentarse la señal de la mujer vestida de sol, porque delante de sí quedaría explícito para quien era todo el trabajo que se le había encomendado. El acto del buen ángel debía ser amar esa voluntad de Dios. Luzbel vio delante de sí toda las consecuencias de servir a Dios y las de no hacerlo, y determinó esto último.

 

Si el dragón con su cola arrastró a la tercera parte de los espíritus celestes, cabe señalar que estos recibieron noticias de Lucifer --su particular versión de los hechos--  respecto de la mujer vestida de sol lista para dar a luz, que todos habían visto, para ponderar aquella percepción con respecto a las de cada uno y con relación a los diferentes oficios que se les asignó en la creación.

 

Del hecho de desbarrancar a todos esos ángeles, es que se desprende la probabilidad de que, aunque la señal de la mujer vestida de sol fue vista por todos los ángeles, el primero que se enteró, por la penetrante inteligencia con que fue creado para ser príncipe de todo el mundo creado, del misterio de que Dios se iba a hacer hombre, fue Lucifer, hecho lo cual se opuso, engendró la iniquidad y se convirtió en dragón, con cuya cola sedujo a esos espíritus a la rebelión.

 

Enseguida, acechó a la mujer vestida de sol; se dispuso a destruir el plan de Dios de hacerse hombre, buscando devorar a Cristo, con el pecado introducido; pero Dios desde antes de la creación de los ángeles ya había concebido a María como original y cofre de todos sus decretos, constituida de virginidad que sale de la fuente misma de la virginidad que es Cristo –de la eterna procesión divina que lo engendra-- y como madre de la redención que Él había de consumar. Por esto el dragón no podía hacerle daño con su iniquidad, ya que es la inmaculada concepción, en gracia concebida, y el dragón nada pudo contra ella en los planes de Dios, que en nada se modificaron por el pecado de Lucifer y sus ángeles, los cuales en ese momento fueron expulsados.

 

Miguel y las dos terceras partes de los ángeles confirmaron su elección, su amor por la voluntad del Creador y entonces tomó por bautismo su acto en Cristo y proclamó por toda la creación: “¿Quién como Dios?”, la respuesta ya se había escrito en María: Cristo es Dios hecho Hombre, para Gloria del Padre para toda la eternidad.

IV. El Diablo