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Los Hijos del Diablo

V. Cristo, vencedor del demonio

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V.  Cristo, vencedor del demonio

Cuando el demonio se reveló en el cielo y fue expulsado, no por esto afectó al plan de Dios respecto de la centralidad de Cristo para quien todo fue hecho. Sin embargo, con relación al mandato de Dios para el hombre, cuando este decidió escuchar al diablo en lugar de obedecer a Dios, con su desobediencia y su pecado, se entregó a sí mismo a la muerte.

 

Más grave aún, entregó a Cristo, el Hijo del Hombre, a la muerte, ya que si Dios se hacia hombre, --como efectivamente ocurrió-- ese hombre tendría que morir, víctima de la elección por el pecado de sus primeros padres Adán y Eva, quienes así se convertían en homicidas de toda la humanidad y de Cristo, ya que lo habían entregado a este destino desde antes de venir al mundo, sin saberlo.

 

Desde este punto de vista, su pecado no era menor que el del homicida desde el principio y de los que hicieron sufrir a Cristo y le dieron muerte en la Cruz, cosa que les quedó patente al presenciar el desenvolvimiento de la historia hasta que Cristo fue a sacarlos del Seno de Abraham.

 

Sin embargo, Cristo quiso entregarse Él mismo a esta muerte, con toda la libertad de aquel que conociendo al hombre desde la eternidad, sabía que iba a desobedecer, iba a entregarse él mismo a la muerte y con ello también a Él, por ese pecado original.

 

Más aún, que esa desobediencia encerraba la semilla de todos los pecados de todos los hombres y  que cada hombre lo entregaría a la muerte con cada uno de sus innumerables pecados (Heb. 6, 6), de manera que la segunda Persona de la Santísima Trinidad quiso hacerse hombre, sufrir y morir por cada pecado de cada hombre, destruyendo así, al hombre pecador y dando cumplimiento, de una vez por todas y para siempre, a la pena “sin remedio” señalada por Dios para la desobediencia (Gn. 2, 17). Luego de ello, resucitar glorioso y,  con este acto, establecer la verdadera naturaleza del hombre, recreándolo a imagen y semejanza de Dios, en sí mismo, y participando de esta naturaleza a quienes lo reciban.

 

Precisa el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica:

 

“385 Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza -que aparecen como ligados a los límites propios de las creaturas -, y sobre todo a la cuestión del mal moral. ¿De dónde viene el mal? "Quaerebam unde malum et non erat exitus" ("Buscaba el origen del mal y no encontraba solución") dice S. Agustín (conf. 7,7.11), y su propia búsqueda dolorosa sólo encontrará salida en su conversión al Dios vivo. Porque "el misterio de la iniquidad" (2 Ts 2,7) sólo se esclarece a la luz del "Misterio de la piedad" (1 Tm 3,16). La revelación del amor divino en Cristo ha manifestado a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (Cfr. Rm 5,20). Debemos, por tanto, examinar la cuestión del origen del mal fijando la mirada de nuestra fe en el que es su único Vencedor (Cfr. Lc 11,21-22; Jn 16,11; 1 Jn 3,8).”

 

De esta manera, en el acto en que Dios ordenó: “... del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él,  morirás sin remedio” (Gn. 2, 17), sabiendo que el hombre le desobedecería y que nada podía hacer en su favor (Apoc. 12, 2; Gn. 3, 22-24; Jn. 15, 4-5), estaba decretando su voluntad no solo para todo el género humano (Rm. 5, 15-19), sino especialmente para Cristo, en quien se guardaba la verdadera imagen y semejanza de Dios (Col 1, 15, 17): estaba decretando la destrucción del cuerpo del pecado por la muerte, debido a que por la desobediencia, se perdería la semejanza de Dios con la que creó al hombre.

 

La muerte era necesaria al hombre para que pudiera ser recreado (Gn. 6, 3-7, 13; 8, 22-23;  Rm. 8. 28, 32; Col. 1, 18; 20; Ef. 2, 4-5; 1, 4-11; Flp. 2, 8; 1 Ped. 2, 24) y perfeccionada su naturaleza (Flp. 2, 8-9; Heb. 29, 9-13). Siendo Cristo el alfa y omega, el primero en todo, para quien todo fue hecho (Apoc. 22, 13; Col. 1, 16, 19; 1 Cor. 15, 27), era el único capaz de realizar esta obra y de consumar también el mandato de la destrucción final de la muerte (1 Cor. 15, 26, 54; Is. 25, 8).

 

Con este acto, la segunda persona de la Santísima Trinidad estaba manifestando su aceptación eterna (Fil. 2, 6-8; Heb. 10, 5-7) de obtener el perdón para el hombre; redimirlo (Gn. 3, 15; Lc. 23, 34; Rm. 5, 20-12; Tito 2, 14; Heb. 8, 12) y como instrumento de propiciación (Rm. 1, 25) entregar su vida humana a la muerte, para hacerse el primero entre los muertos (Col. 1, 18), cargar con la maldición por la desobediencia y con toda la culpa de todo pecado humano (Gn 3, 17-19; Is. 52, 13-53, 12; Gal. 3, 13-14).

 

Saldará de esta forma la cuenta de la desobediencia del hombre (Col. 2, 14, 13), y resucitará a su humanidad con el verdadero cuerpo glorioso, creado  ahora, por su obediencia, --análoga a su oficio de ser fiel reflejo del Padre—con la verdadera imagen y semejanza de Dios (Gn. 1, 26; Heb. 2, 10-18; 9; Ef, 2, 10); Jesucristo consumará, con su obediencia, la voluntad eterna de la Trinidad de crear al hombre a su imagen y semejanza. Con este acto participará su naturaleza, de Hijo de Dios,  a los que le aman (1 Cor. 15, 54; Jn. 1, 12-13) y recreará así, todo el universo y reconciliará  todas las cosas consigo mismo (2 Cor. 19).

 

“1851 En la Pasión, la misericordia de Cristo vence al pecado. En ella, es donde éste manifiesta mejor su violencia y su multiplicidad: incredulidad, rechazo y burlas por parte de los jefes y del pueblo, debilidad de Pilato y crueldad de los soldados, traición de Judas tan dura a Jesús, negaciones de Pedro y abandono de los discípulos. Sin embargo, en la hora misma de las tinieblas y del príncipe de este mundo (Cfr. Jn 14, 30), el sacrificio de Cristo se convierte secretamente en la fuente de la que brotará inagotable el perdón de nuestros pecados”. (Catecismo Oficial de la Iglesia Católica).

 

La consecuencia del pecado, la muerte, será entonces, con la redención que realizará Cristo, una condición necesaria para que el hombre obtenga la vida nueva de Cristo (2 Tim. 2, 11; Col. 3, 3).

 

“¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si nos hemos hecho una misma cosa con Él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda liberado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre Él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; más su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. (Rm. 6, 3-11).

 

Es así, que cuando Dios estableció su primer mandato al hombre (Gn. 2, 17), estableció también la forma en que consumaría por Cristo y en Cristo, su voluntad de crear al hombre a su imagen y semejanza (Gn. 1, 26; Col. 1, 15), la cual realizó con la muerte y resurrección de Cristo, a quien con este hecho constituyó como sumo sacerdote (Heb. 4, 14; 5, 5-10; 7, 21-22, 24-25; 8, 1-2), que le adora en espíritu y en verdad (Jn. 4, 23) con un culto eterno e infinito (Heb. 7, 26-27; 9, 12-14, 27-28), al cual incorpora en sí mismo a todos los que le aman y que en su amor fueron santificados (Heb. 10, 14).

 

Esta voluntad de Dios de entregar a la muerte a su hijo para redimir al mundo (Jn. 3, 16), la estableció como un sacrificio eterno (Hb. 7, 15-17, 21) por el que los hombres, unidos a Él –con Él y en Él—(1 Ped. 2, 9)  ofrecen el cuerpo y la sangre de Cristo mediante la Eucaristía (Mt. 26, 26-28; Jn. 6, 48-58; 1 Cor. 11, 26), que es verdadero alimento de Dios para el hombre, para que tenga la vida eterna.

 

A este respecto, el catecismo oficial de la Iglesia Católica señala:

 

“1846 El Evangelio es la revelación, en Jesucristo, de la misericordia de Dios con los pecadores (Cfr. Lc 15). El ángel anuncia a José: ‘Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados’ (Mt 1, 21). Y en la institución de la Eucaristía, sacramento de la redención, Jesús dice: ‘Esta es mi sangre de la alianza, que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados’ (Mt 26, 28)”.

 

Es así que en su primer mandato al hombre, Dios estableció la muerte como consecuencia de la desobediencia, la cual, asumida por Cristo, es el medio de la redención, de la resurrección, medio para recrearlo todo (Jn. 12, 24; Apoc. 21, 5-6). Los que le aman, deben morir al pecado, por el bautismo, y volver a nacer  a una vida nueva en el Espíritu Santo (Jn. 3, 5-6), crucificando y dando muerte a la carne y sus obras, junto con Cristo (Gal. 5, 24; Ap. 2, 10b, 11b; Sir. 4, 33).

 

Apunta el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica:

 

“1847 “Dios nos ha creado sin nosotros, pero no ha querido salvarnos sin nosotros” (S. Agustín, serm. 169, 11, 13). La acogida de su misericordia exige de nosotros la confesión de nuestras faltas. ‘Si decimos: «no tenemos pecado», nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos los pecados y purificarnos de toda injusticia’ (1 Jn 1,8-9).

1848 Como afirma san Pablo, ‘donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia’ (Rm 5, 20). Pero para hacer su obra, la gracia debe descubrir el pecado para convertir nuestro corazón y conferirnos ‘la justicia para la vida eterna por Jesucristo nuestro Señor’ (Rm 5, 20-21). Como un médico que descubre la herida antes de curarla, Dios, mediante su palabra y su espíritu, proyecta una luz viva sobre el pecado:

La conversión exige el reconocimiento del pecado, y éste, siendo una verificación de la acción del Espíritu de la verdad en la intimidad del hombre, llega a ser al mismo tiempo el nuevo comienzo de la dádiva de la gracia y del amor: ‘Recibid el Espíritu Santo’. Así, pues, en este ‘convencer en lo referente al pecado’ descubrimos una «doble dádiva»: el don de la verdad de la conciencia y el don de la certeza de la redención. El Espíritu de la verdad es el Paráclito. (DeV 31).”

 

Sin embargo, la muerte fuera de Cristo, es la muerte del pecado (Mt. 8, 21; Ap. 20, 6; 21, 8). La muerte en Cristo es vida para los que le aman y la muerte de los que no quisieron seguirle a la gloria es el castigo irremisible decretado para los réprobos (Mt. 25, 41).

 

Por todo esto, de ninguna manera el pecado modificó los planes de Dios. Queda para la incomprensión actual del hombre y por lo cual aún en la Jerusalén celeste Dios le enjugará lágrimas de sus ojos (Apoc. 21, 4), entre otras cosas, darse cuenta que el hombre entregó a Cristo, su amado, a la humillación, el sufrimiento y la muerte, y que desde antes Él sabía que eso haría el hombre, y por su inmenso amor (Mt. 17, 22; Jn. 3, 16), así aceptó la muerte y el suplicio por todos los pecados del hombre; lo levantó, lo curó de sus heridas (Lc. 10, 25-35), reconstituyendo en si mismo a la humanidad, gloriosa, con la verdadera y perfecta imagen y semejanza de Dios (Jn. 20, 17).

 

“389 La doctrina del pecado original es, por así decirlo, "el reverso" de la Buena Nueva de que Jesús es el Salvador de todos los hombres, que todos necesitan salvación y que la salvación es ofrecida a todos gracias a Cristo. La Iglesia, que tiene el sentido de Cristo (Cfr. 1 Cor 2,16) sabe bien que no se puede lesionar la revelación del pecado original sin atentar contra el Misterio de Cristo.” (Catecismo Oficial de la Iglesia Católica)

 

Si bien Cristo vino a “deshacer las obras del diablo” (1 Jn. 3, 8), su obra no se reduce a esto, ya que la redención del género humano es una obra mayor que la creación misma, por lo que dimensionar lo que Cristo ha hecho por el hombre, no tiene proporción en la mente y en la comprensión de los hombres y de los ángeles: por esto resulta mas apropiado expresar que, mientras con la creación del universo, Dios se complació por que todo era bueno (Gn. 1, 31) con su obra redentora rinde gloria infinita a Dios y a sí mismo, de la forma absoluta y apropiada a su dignidad, su justicia, su poder, su amor y a todos los atributos de su ser divino (Jn. 17, 1, 4).

 

Es en esta obra que Cristo vence siempre al demonio, desde que se encontró la iniquidad en su ser.

 

“La derrota de Satanás tiene lugar precisamente en la muerte de Cristo. Aún antes, mientras se iba reafirmando su reino, había dicho Jesús: “Yo veía a satanás caer del cielo como un rayo (Lc. 10, 18). Y la víspera de su pasión afirmaba: “Ahora es el juicio de este mundo; ahora el principe de este mundo será echado abajo. Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi. (Jn. 12, 31-31; Cfr.r.. 14, 30). Y San Pablo escribe: Por tanto, así como los hijos participan de la sangre y de la carne, así también participó él (Jesús) de las mismas, para aniquilar mediante la muerte al señor de la muerte, es decir;  al diablo” (Hb. 2, 14). Y este dominio del mundo que satanás se había atrevido a ofrecerle, ahora pertenece a Cristo resucitado, que apareciéndose a los discípulos en Galilea declara: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra” (Mt. 28, 18)”. (Corrado Balducci. Op. Cit. Pp. 48-49).

 

Señala el padre Gabriele Amorth:

 

“No tienen ningún sentido las disputas teológicas en las que se pregunta si Cristo hubiera venido sin el pecado de Adán. Él es el centro de la creación, el que compendia en sí a todas las creaturas: las celestiales (ángeles) y las terrenales (hombres). En cambio sí se puede afirmar que, a causa de la culpa de los progenitores, la venida de Cristo adquirió  un  significado particular: vino como salvador. Y el centro de su acción está contenido en el misterio pascual: mediante la sangre de su cruz reconcilia a Dios con todas las cosas, en los cielos (ángeles) yen la tierra (hombres).

 

“De este planteamiento cristocéntrico depende el papel de toda creatura. No podemos omitir una reflexión respecto de la Virgen María. Si la creatura primogénita es el Verbo encarnado, no podía faltar en el pensamiento divino, antes que cualquier otra creatura, la figura de aquella en la que se llevaría a efecto tal encarnación. De ahí su relación única con la Santísima Trinidad, hasta el punto de ser llamada, ya en el siglo II, “cuarto elemento de la trinidad divina”. Remitimos a quien quiera profundizar  en este aspecto a los dos volúmenes de Emanuele Testa: María Terra Virgine (Jerusalén 1986).

 

“Cabe hacer una segunda reflexión acerca de la influencia de Cristo sobre los ángeles y los demonios. Sobre los ángeles: algunos teólogos creen que sólo en virtud del misterio de la Cruz los ángeles fueron admitidos en la visión beatífica de Dios. Muchos santos padres de la Iglesia han escrito interesantes afirmaciones. Por ejemplo, en san Atanasio leemos que también los ángeles deben su salvación  a la sangre de Cristo. Respecto a los demonios, los Evangelios contienen numerosas aseveraciones: a través de la cruz, Cristo derrotó el reino de Satanás e instauró el reino de Dios. Por ejemplo, los endemoniados de Gerasa exclamaron:  “Quien te mete a ti en esto, Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de Tiempo? (Mt.8, 29). Es una clara referencia al poder de Satanás con el que Cristo acabó progresivamente; por eso aún dura y perdurará hasta que se haya completado la salvación, porque han derribado al acusador de nuestros hermanos (Ap. 12, 10)...

 

“A la luz de la centralidad de Cristo se conoce el plan de Dios, que creó todas las cosas buenas “por él y para él”. Y se conoce la obra de Satanás, el enemigo, el tentador, el acusador, por cuyo influjo entraron  en la creación el mal, el dolor,  el pecado y la muerte. Y de ahí se desprende el restablecimiento del plan divino, llevado a cabo por Cristo con su sangre”. (Gabriele Amorth. Op. Cit. Pp. 18-19).

 

Con su sangre Cristo destruyó el reino de Satanás e instauró su reino ( Jn. 12, 31). Cristo es el liberador de los oprimidos por el diablo (Hech.10, 38), no solamente referido a los posesos, sino los oprimidos por el mal, el  dolor y la muerte, accidentes que no son obra de Dios, sino consecuencia de la rebelión de los ángeles y el pecado de desobediencia del hombre, quien con este acto se sometió al demonio, y sometió al universo al desorden y dio potestad al demonio sobre el mundo. Cristo ha restablecido la obra de Dios y destruido la obra de Satanás, el pecado y la muerte.

 

Es por Cristo y solamente gracias a Él que en todo momento queda descubierto el demonio y sus planes, y es el mismo Cristo quien lo vence desde el inicio hasta el fin y se manifiesta desde el principio como aquél que redime al hombre del pecado.

 

Al aparecer la primera señal de Nuestro Señor Jesucristo, en el cielo (Apoc. 12, 1-2), para ser vista por los ángeles, la mujer que lo dará a luz “...grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz”, de lo que se deduce que dicho sufrimiento corresponde a la redención que habrá de llevar a cabo el Hijo de Dios, y no solo a los dolores del parto como se conocen por la mujer en la tierra.

 

Esto es porque el dolor del parto y del dar a luz a Cristo es con relación a su misión de redentor (Mt. 12, 47-50; Lc. 11, 27-28), al momento de verlo padecer y padecer con Él en el calvario (Lc. 2, 35), hasta la luz de la resurrección.

 

Esto quiere decir que el misterio de la iniquidad en el hombre estaba contemplado desde la eternidad y que independientemente de la tentación del demonio en el paraíso terrenal, estaba descontado que el hombre caería en el pecado de la desobediencia, y que con la redención, el hombre sería recreado (Jn. 10, 27; Mt. 18, 14) mediante la encarnación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad, su pasión, muerte y resurrección.

 

De allí la probabilidad de que aunque Adán y Eva no hubiesen pecado, probablemente lo hubiese hecho cualquiera de sus hijos y/o cualquier hombre al paso de las generaciones, y que igualmente Cristo hubiese redimido a esa  parte de humanidad pecadora (Mt. 18, 12-14).

 

En consecuencia, si Luzbel no se hubiese rebelado y apartado de la verdad, considerando el tipo de señal aparecida a los ángeles, se deduce que el hombre podía pecar y de hecho lo hizo al principio, o que cualquiera de los hombres después, y su descendencia sería pecadora, e igualmente Cristo le hubiera redimido (Gn. 18, 32; Mt. 18, 12; Jn. 10, 11).

 

Retomando los hechos, al principio de la creación, en el cielo, Cristo, --la palabra que se revela como hijo de la mujer vestida de sol—pone al descubierto la iniquidad del príncipe de este mundo y sus planes, y es en ese acto que se revela su verdadera naturaleza como dragón rojo (Apoc. 12, 1-9), la cual había engendrado en sí mismo por la mentira, la soberbia, la envidia, la avaricia y todos los demás pecados, en el mismo acto de aparecer la señal del cielo, de la mujer vestida de sol que va a dar a luz.

 

Es por virtud de Cristo, que San Miguel Arcángel arroja del cielo al diablo y sus huestes rebeldes, porque en ese momento, se convierten en ángeles de Cristo, quien así los llama a participar el día del juicio final: “sus ángeles” (Mt. 25, 31).

 

Ya en la tierra, Cristo es vencedor en todos los embates del demonio: en la matanza de los santos inocentes (Mt. 2, 13-18); en las tentaciones del desierto (Mt. 1, 4-11); en las asechanzas para distorsionar su mensaje (Mt, 16, 23) y en los complots para matarlo (Jn. 8, 44).

 

Además Cristo ejerce su autoridad para liberara a los posesos (Hech. 10, 38), y siempre vence al demonio y lo expulsa: en Cafarnaum (Mc. 1, 21-28; Lc. 4, 31-37); en el caso del epiléptico endemoniado (Mt. 17, 14-18; Mc. 9, 14-9; Lc. 9, 33-45); de la niña cananea (Mt. 15, 21-28; Mc. 7, 24-30); en el caso del demonio mudo (Mt. 9, 32-34; Lc. 11, 14) y en el caso de los posesos de los sepulcros (Mc. 5, 1-20; Mt. 8, 28-34; Lc. 8, 26-39). Resalta el caso de María Magdalena (Lc. 8, 2; Mc. 16, 9).

 

Cristo ejerce su autoridad sobre el demonio al conferir el poder de exorcistas a sus discípulos (Mc. 6, 13; Lc. 9, 11; 10, 18-20; Mc. 16, 17-18; Hech. 6, 16-18; 9, 11-12).

 

Durante su pasión, la hora del poder de las tinieblas (Lc. 22, 53), referida a las acciones que el diablo y los hombres infligieron en la humanidad del Salvador, presenta su verdadero significado y trascendencia gloriosas, --ocultas al diablo-- cuando con esta pasión venció de manera definitiva y realizo el juicio de este mundo y del demonio (Jn. 16, 11), ya que fue echado afuera (Jn 12, 31) y cuando se realizó la salvación (Jn. 12, 47), hasta un grado de dolor supremo en la experiencia humana de Cristo expresada en el abandono de Dios (Mt. 27, 46), ya que esto es el pecado en el hombre; el hombre frente a su pecado que es al mismo tiempo el abandono más absoluto de Dios. El hombre le da la espalda a Dios y en consecuencia, Dios le da la espalda al hombre, al menos por un momento. Esta experiencia va más allá de lo que el demonio pueda infligir al hombre. 

 

Cristo se hizo pecado por nosotros (2 Cor. 5, 21); de manera real, absoluta, total y en extremo verdadera, hasta las últimas consecuencias y con todo detalle, recogiendo toda la culpa de todo pecado grande y pequeño,  se ofreció, soportó, sufrió y le dolió el castigo de todos y cada uno de los pecados de todos los hombres, sin olvidar uno solo, hasta aquellos más ocultos (Is. 53, 4-12).

 

Sufrió y murió por todos la muerte que merece el pecado de cada uno. Así también soportó el sufrimiento infligido por el diablo y por los hombres que se han entregado a él,  contra los justos. Cristo es vencedor.

 

Pero Cristo va más allá, porque el dolor supremo no consiste en sufrir el hecho que la conciencia sea velada por el demonio en la prueba del desierto, que parece como una especie de abandono de Dios.

 

Este abandono es de otra naturaleza (Mt. 27, 46; Sal. 21,2) porque es real, ya que existe en el momento en que el hombre se da cuenta, al ser iluminado por Dios,  --o en el momento de la muerte cuando ha recibido sentencia condenatoria para toda la eternidad-- que se ha separado de Él por el pecado. Tan alejado de Él se ve, que el alma experimenta tal abandono por haber pecado, que tanto se ha alejado por la propia voluntad de Dios, que se ha hecho realidad para el alma el temor de que Él, cuyo amor hemos rechazado, nos ha dado la espalda.

 

No existe dolor más grande que este, el del abandono de Dios. Cristo vivió el de todos los hombres por cada pecado que hemos cometido.  Con este hecho, el vencimiento y la destrucción de las obras del demonio por Cristo han sido superados por su amor verdadero por nosotros, que ante esta realidad que contemplaremos en la vida futura, es que la única expresión posible que el hombre tendrá para Él, lo representan las lágrimas, las cuales Él mismo enjugará (Apoc. 21, 4). Las obras del diablo frente al amor de Dios por el hombre, expresado en la redención, son insignificantes.

 

Por eso, Cristo ha venido a buscar no a justos, sino a pecadores (Mt. 9, 13), hasta quienes se hayan hecho poseso del diablo por sus pecados e hijos del diablo (Lc. 8, 2), quienes conociendo cual es la verdadera condición del hombre, --de pecador, de profundo pecador, que incluso se ha entregado a los peores y más grotescos vicios del pecado en el que se ha solazado-- quieren ser salvados por Cristo, aceptando su invitación a la vida (Jn 16, 8; Lc. 15, 11-24; Sal 50, 3-7). 

 

En los cristianos, es también Cristo el que vence al demonio (Jn. 15, 5-6);  al final de los tiempos, será Él quien con el soplo de su parusía, precipitará en el infierno al Anticristo y su profeta (Ap. 20, 19-21) y tras el reinado de mil años, luego de que sea soltado por breve tiempo el diablo, nuevamente será Cristo quien lo precipite para siempre (Apoc. 20, 7-10).

 

“La consumación de la obra salvífica de Dios se manifestará en la Parusía del Hijo, en cuyo día Cristo se revelará como Imagen viviente del Padre con toda luminosidad ante el universo, por ser el resplandor de la gloria y la impronta de la esencia de Dios no sólo en el poder de la creación del cosmos, sino también en el de la segunda creación, la justificación del hombre (Heb 1, 1-4)”  (Salvador  Vergues, SJ., José María Dalmau, SJ. Op. Cit. P. 121).

 

Cristo libertador y vencedor, lo es para siempre y Él, para quien fue hecha toda la creación recibe la adoración de todas las creaturas: “Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los abismos” ( 2 Filip. 6-11).

 

Esta es la naturaleza de la misión de Cristo en el mundo, que le dio el Padre, desde toda la eternidad.

 

“Una persona envía a otra cuando en alguna manera le comunica su voluntad de que ejerza algún efecto exterior. Contiene, pues, toda misión una relación entre la voluntad de la persona que envía y la de la enviada, y otra relación al efecto a que es enviada”. (...)  “Al trasladar este concepto a lo divino, hallamos que el primer elemento, la comunicación de la voluntad del que envía al enviado, por ser única la voluntad de las Personas divinas, no puede ser otra cosa que la comunicación que tiene lugar en la procesión (esto es, en el acto eterno en el que el Padre engendra al Hijo). La misión, por lo tanto, si es propiamente tal, incluye la procesión”. (...) “Así, pues, la misión de las divinas Personas, aunque en conjunto es temporal, por incluir un elemento de este orden, tiene como constitutivo un elemento eterno y primordial, la procesión”. (Salvador  Vergues, SJ., José María Dalmau, SJ. Op. Cit. P. 524-525).

 

De este fundamento se desprende que, desde el análisis de las procesiones en la Santísima Trinidad, la voluntad de Dios de hacerse hombre es más inmediata y connatural respecto del acto eterno de la procesión mediante la cual el Padre engendra al Hijo y el Hijo es engendrado por el Padre, que la del como hacerse hombre, que corresponde a la creación del universo, ya que primero es el ser y posteriormente el modo de ser.  En el caso de Dios cuyo ser es eterno, la voluntad de hacerse hombre determina a la voluntad de la creación, y es por eso que toda la creación se orienta a Cristo.

 

Respecto de lo anterior, que es el tema principal referido a Cristo, se sigue el modo de realizarlo, por liberal y amorosa disposición divina. Este modo se encierra en María, que es mediadora de todas las gracias y triunfadora de Satán desde el principio de su ser, ya que fue concebida en Gracia.

 

 

VI. María, triunfadora de Satán.